miércoles, 12 de septiembre de 2012

Capítulo 14




             A la mañana siguiente. Habitación 515.

-       Pero, ¿¡se puede saber qué es todo ese jaleo!? ¿¡Quién llama a la puerta a estas horas!? – guitó Elena recién despierta.
-       I’m Herman. ¡¡Open the door, Bea!!

     Nos quedamos todos atónitos y en silencio mientras escuchábamos esa frase, que provenía del pasillo exterior. Ninguno sabía cómo reaccionar a este momento, era algo completamente increíble. ¿Cómo es capaz de venir y dar la cara después del daño que le hizo a nuestra amiga hacía sólo unas horas? Yo no quería estar presente si Elena se le encontraba cara a cara con él porque con sólo mirarla, echaba humo por las orejas.

-       No te va a abrir, imbécil, así que lárgate de aquí o llamamos a seguridad – explotó Elena ya de una vez.
-       Por favor, sólo quiero pedirla perdón.

          Se notaba algo raro en su voz. ¿Lástima? No, no podía ser que, después de todo, esté él apenado. Había aparecido, arrastrándose cual lagartija arrepentida y, entonces, miramos a Bea, se estaba poniendo algo de ropa. ¿Pretendía salir? Es fuerte pero no sabíamos si soportaría el golpe una vez más.

         Ella abrió la puerta de par en par, de forma que vio a las cuatro personas que estábamos dentro y él preguntó por nosotras y, sobre todo, por los chicos. Utilizamos a Ben y a Paolo de traductores, que se les daba bastante mejor, no se les escapaba nada de lo que decían.

       Él pedía perdón por no haberle contado nada  de su mujer embarazada y por haberle dicho que la estaba utilizando. “En realidad no fue así” decía, “empecé a sentir algo por ti, de verdad” mentía. Mientras Elena y yo nos íbamos enardeciendo por cada palabra que decía el chico en todo momento, estábamos deseando que llegase el momento de hablar de ella y que tenga las fuerzas suficientes para hacer lo que debe. Que soltase toda la ira contenida.

           En ese instante, ocurrió. Bea le dijo que se callase, que no quería oír más mentiras y que ahora la iba a escuchar a ella. “Me da exactamente igual lo que me cuentes, me mentiste y me engañaste como quisiste, esa es la única verdad. Dentro de unas horas me voy de este país y tú desaparecerás con él, de mi vida y para siempre, incluso tu recuerdo se desvanecerá. Puedes quedarte con tu mujer y ver nacer a tu hijo, yo no seré nunca más tu muñeca de trapo” y le cerró la puerta en las narices.

         Nosotras pensamos que eran las palabras más sinceras y más acertadas que había podido decir en la vida pero él no estaba de acuerdo y no parecía muy dispuesto a colaborar.

            Tras el portazo, empezamos a oír insultos desde la parte de fuera y volvió a aporrear la puerta de todas las maneras posibles. Seguía dando gritos. ¿Es que nadie lo oye? ¿Nadie va a llamar a seguridad? Así que alcancé el teléfono y marqué yo misma el número de recepción.
Se calmó un poco con los golpes aunque seguía fuera, podíamos oír que hablaba y decía palabras que no entendíamos. Sería alemán.

             Bea estaba hecha un ovillo, como la noche anterior, en medio de su cama y nosotros a su alrededor. No podía derrumbarse otra vez, eso ya no se lo permitiría ni por él ni por nadie. Una vez ya era demasiado, dos era imposible.

            En ese momento, cuando creíamos que la tormenta había pasado, golpeó la puerta con tanta fuerza que oímos crujir la madera bajo sus nudillos. Había roto la puerta, eso seguro, aunque por dentro no pudiésemos ver nada. Por suerte, subieron los de seguridad y se llevaron a Herman lejos de allí.

        Ese episodio me hizo trasladarme a otro lugar, otra habitación y otro golpe muy parecido, pero allí no había seguridad del hotel que se encargara de ello.

sábado, 8 de septiembre de 2012

Capítulo 13




             Habitación 515. Hotel de Berlín.

           Cuando entramos en la habitación sólo oímos sollozar a nuestra amiga (o lo que parecía quedar de ella). Parecía un ovillo en medio de su cama, agarrando con fuerza la almohada que secaba sus lágrimas. Siempre ha sido fuerte respecto al tema de derrumbarse delante de nadie. Nunca ha consentido semejante visión como creo que no lo habríamos permitido ninguna, pero esta vez debía ser algo duro para que nos dejara verla así.

           Al oír la puerta, se inclinó levemente para vernos llegar y volvió a recostarse de la misma forma, aunque el llanto había menguado un poco.

          Al verla en ese estado, Elena y yo nos sentamos a su lado apartándole el pelo a un lado y abrazándola hasta que pudo mencionar alguna palabra. Los chicos, mientras tanto, se quedaron sentados en la cama de Elena, que era la más alejada, para no molestar y dejarnos toda la intimidad que podían.

        Una vez conseguimos que levantase la cabeza y dejase de llorar, empezamos a hablar del sitio donde íbamos a cenar y a hacer bromas sobre la comida que nos estábamos comiendo ya, por fin. Aunque Bea no tenía demasiado apetito, no era conveniente que tuviese el estómago vacío, por lo que nos hizo caso y probó un poco.

        Al terminar de cenar, se acercó la inminente pregunta que todos estábamos deseando formular pero no sabíamos de qué manera ni si ella estaría con fuerzas para hablar.

-       Bea, ¿qué ha pasado para que estés así? Si no quieres hablar de ello lo entenderemos – pregunté, con la mayor delicadeza que pude.
-       No, tenéis razón. En parte creo que os lo debo por destrozaros la noche juntos y… bueno… la última de este sitio.
-       No te preocupes. Berlín no se va a escapar pero tú eres más importante. Ellos seguro que también lo piensan, sino no estarían aquí – resolvió Elena lo más rápido que le fue posible.
-       Bueno, es largo de contar, pero creo que ya me encuentro con fuerzas para hablar de ello. Al menos un poco. Veréis, cuando me despedí de vosotras fui a buscarle a la piscina y se mostró muy sorprendido de verme. Me dijo que no le había avisado y cosas así. Todo muy extraño. Entonces me preguntó por vosotras, por si podíamos hablar en la habitación para estar más solos, más íntimos, y subimos. Le pregunté por mis lagunas de la otra noche y me dijo que bebí demasiado y él me acompañó a la cama. Por lo visto, le pedí que se quedase conmigo e hicimos el amor durante horas hasta que me quedé dormida y él se fue, hasta hoy…
-       No me preguntéis por qué pero todo eso me suena a farsa – nos sorprendió Paolo – y eso que yo no le conozco de nada.
-       A mí ahora no sé a qué debe sonarme. Bueno, continúo.
-       Sí, perdona.
-       Al subir, me ha contado todo eso y me ha dicho que podríamos repetir lo de la noche anterior pero que esta vez me quedase constancia de ello. A mi no me ha parecido mala idea, pero al terminar es cuando ha comenzado mi pesadilla. Mientras él iba al baño, yo me he quedado tumbada entre las sábanas, acariciando ese momento como si fuese palpable mientras le decía que mañana es nuestro último día y que le echaré de menos. En ese justo momento, vibró su móvil. Un mensaje recibido parpadeaba en la pantalla. No me gusta ser cotilla pero pensé que podría leérselo desde la cama y, lo abrí. Vi que era de una chica, una tal “Nayara”. Escribía en inglés y por eso pude entender el contenido claramente: “¿Te voy a recoger al hotel en media hora y así volvemos juntos a casa? Te quiero”. Él al verme, se enfadó muchísimo pero terminó por responderme quién era ella. Dijo textualmente: “sí, te he estado utilizando. Es mi mujer y estamos esperando un hijo. Tú sólo has sido una chica de hotel”.
-       ¡Verás cuando le coja! ¡Menudo hijo de p…! – tapé la boca de Elena a tiempo.
-       Continúa antes de que nos den ganas de dejarle sin piernas ni brazos – me apresuré a decir.
-       A partir de ahí nada. En ese momento le eché y os llamé a vosotras. Siento muchísimo haberos estropeado vuestra cita.
-       No te preocupes, si hemos traído la cena aquí. Nos da igual un fondo que otro, lo importante es con quien lo compartas – dijo Ben, mientras me miraba fijamente.

           Después de toda aquella historia, decidimos que, quizá, los chicos podrían quedarse a dormir. Al fin y al cabo esa no era la noche que esperábamos ninguno y es muy posible que a la mañana siguiente les necesitásemos bien cerca a los dos.

martes, 4 de septiembre de 2012

Capítulo 12




Ascensor del hotel.

-       Bueno chicas, estáis preciosas. Seguro que lo pasaremos en grande aunque sea por separado  - comenzó Bea.
-       A mí sigue sin parecerme buena idea que nos separemos – admití con voz triste.
-       Bueno, ya tendremos más noches juntas. Ahora mejor un abrazo de tres – propuso Elena.

        Mientras nos abrazábamos dentro de ese espacio reducido en el que el primer día no entrábamos todas con las maletas, nos dimos cuenta de que posiblemente eran los últimos momentos que pasaríamos allí y juntas. No debíamos hacer un drama de todo esto, pero después de dos semanas en esa ciudad, se nos hacía muy cuesta arriba desprendernos de todo aquello. En ese momento se abrió la puerta y nos dirigimos hacia recepción por el pasillo y vimos esas dos siluetas algo familiares en la salida.

-       Bueno chicas, pasadlo muy bien. Yo voy a ver si veo a Herman y también me entero de todo y me despido de él.

          Tras decir eso, Bea nos abrazó a las dos y se fue por la puerta que llevaba directa a las piscinas. Nosotras, por el contrario, permanecimos unidas hasta llegar a la puerta. Fue en ese momento cuando había que decidir y hablar ciertos asuntos. Mientras Elena abrazaba y besaba a Paolo tímidamente por estar nosotros delante, yo tenía algo que hablar con Ben.

-       ¿Cómo se te ocurrió traerme al hotel una rosa e invitarme a cenar? Pensaba que no querrías verme después de lo pesada que fui con los matones de tu puerta.
-       Y, ¿cómo no iba a querer verte? Lo de los matones fue lo de menos, lo mejor fue tomar algo después. Me quedé con ganas de más.
-       Bueno, parejita, ¿y si dejáis de hablar ya? Se nos ha ocurrido a Paolo y a mí que podríamos ir los cuatro juntos a cenar. Conoce un restaurante muy bonito aquí cerca - interrumpió Elena.
-       No somos pareja, pero me parece bien, ¿y a ti? – pregunté mirando a Ben.
-       Como tú quieras. Hoy eres tú quien hace magia –respondió él.

       En ese momento, no pude contener una sonrisa y nos fuimos los dos. Le había visto mirarme varias veces. Seguramente le habría llamado la atención que me hubiese hecho el recogido del pelo con la flor que él mismo me había regalado esa tarde. La verdad es que quería llevarla pero la idea fue de mis amigas. Ellas siempre tienen una solución práctica y sencilla para darme cuando hay un bache en el camino, da igual si es algo pequeño o inmenso de resolver, siempre han estado ahí.

         Tras caminar largo rato bajo la noche estrellada de Berlín, llegamos a un local decorado con flores y paredes de bambú artificial. Parecía un restaurante hawaiano bastante grande y en la entrada nos recibían dos mujeres ataviadas con una falda de flores, un bikini muy colorido, un collar del mismo estilo de la falda y una sonrisa radiante. Una de ellas nos ponía a cada uno un collar como el que llevaban, mientras que la otra nos buscaba una mesa para cuatro.

        Cuando entramos, nos quedamos impresionadas con el aspecto tan peculiar de ese local. Las mesas eran de madera, y con una vela en el centro, pero las sillas parecían de lo más cómodas y había un escenario decorado con plantas y flores al fondo de la terraza. El suelo era de césped artificial y las antorchas de bambú le daban un toque bastante alegre al lugar.

        Nos sentamos en una mesa al fondo, cerca del escenario y nos trajeron la carta. Entre todos íbamos comentando el sitio tan espectacularmente decorado en el que nos encontrábamos. La verdad es que estaba muy logrado y los nombres de la carta eran de lo más exóticos pero, por suerte, había una explicación debajo de cada uno de ellos.

        Una vez pedimos nuestra cena, comenzó a sonar una banda al lado del escenario y a alguien se le ocurrió una brillante idea. Se levantó de su silla, se acercó a la persona elegida y le tendió la mano.

-       Señorita, ¿me acompañaría en un baile bajo esta noche estrellada? – me preguntó Ben.
-       Por supuesto – respondí mientras me levantaba también.

       Parecía un sueño. La noche, las estrellas, el lugar, él. Me cogió por la cintura con una mano y con la otra, la mía y comenzamos a bailar al son de esa música.

-       Rocío, tú eres la magia que me faltaba de verdad. Anoche cuando te vi, supe que no podía dejarte escapar sin saber algo de ti, sin pasar algo especial. Eres increíble. Nadie habría venido a mis dos guardias a intentar devolverme una carta. Pero a nadie se le había caído una sota de corazones. A lo mejor el tal Paolo tiene razón y todo ocurre por algún motivo.
-       Habéis hablado mucho, por lo que veo.
-       Sí, pero me ha hecho darme cuenta de que en realidad lo que vale es el momento que se vive. Los instantes son los que marcan de verdad. No te sirve de nada planear algo si no vas a poder cumplirlo por algún otro asunto.

          Y tras mencionar esas últimas palabras, me besó.

-       Esto no puede ser. Me vuelvo mañana a España. No me gusta la distancia en ningún tipo de relación.
-       No tenemos por qué ser nada si tú no quieres, seremos sólo amigos.
-       Ya, pero…
-       Chicos, siento interrumpir. Roc, me acaba de llamar Bea, estaba llorando y decía que sentía mucho llamarnos pero que cuando terminemos de cenar, nos necesita.
-       Vámonos ya mismo. Pide las cosas para llevar y cenamos todos juntos en la habitación. Y en cuanto a ti, ya hablaremos en otro momento – le susurré dulcemente al oído a Ben.

         Después de esa maravilla que se desvanecía tan fugazmente como llegó, teníamos que enfrentarnos a la realidad y ayudar a una amiga que, aún no sabíamos nada de lo que le había podido ocurrir pero no parecía nada bueno.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Capítulo 11




               Entrada del hotel.

        Se estaba haciendo tarde. Por suerte, ya estábamos llegando al hotel. Elena iba hablando sobre su cita con Paolo, no tenía ni idea de dónde la iba a llevar ni nada y no le gustaba demasiado esa situación, pero parece que se iba adaptando a ella. Creo que empezó a pensar que el destino verdaderamente guía sus pasos y da igual lo que planee hacer, si luego no está de su lado no pasará.

              Bea y yo, mientras, estábamos visualizando una noche las dos solas viendo un par de películas que, aún no sabíamos dónde, alquilaríamos para pasar el rato.

          Ella seguía todavía dándole vueltas al tema de Herman, no recordaba demasiadas cosas y él no había llamado en todo el día ni dado señales de vida. No entendía qué podía haber ocurrido. A lo mejor metió la pata.

         Cuando llegamos al hotel, normalmente saludamos a la chica de recepción y nos dirigimos al ascensor, pero esa tarde no era para nada normal.

-       Perdonen, ¿son de la habitación 515?
-       Sí, ¿hay algún problema? – casi nos asustamos con esa pregunta tan extraña.
-       No, sólo que como no se encontraban en su habitación, un hombre vino a dejar esto para ustedes – y en ese momento sacó una rosa roja, con las espinas cuidadosamente podadas, y un sobre blanco.
-       Será para ella – dijimos mientras señalábamos a Elena –. Que detallista. Primero te llama y luego te trae una rosa.
-       Pero, es imposible – dice Elena cogiendo la rosa y el sobre que le daba la recepcionista – no le dije dónde me alojaba hasta esta tarde, para que pueda venir a buscarme, pero aun así la habitación no la sabe.
-       Pues no sé, será muy listo el chico o se habrá camelado a la recepcionista para que se lo diga – dije en voz muy baja mientras íbamos al ascensor.

            Entonces Elena, una vez dentro del aparato, decidió leer la misteriosa carta y, sin saber por qué, comenzó a reírse sin poder parar. Cuando lo consiguió, dijo algo que no esperábamos para nada.

-       La carta no es para mí, es para Roc –dijo sonriente mientras mi cara reflejaba una clara perplejidad – tanto la carta como la rosa llevan el nombre de un tal Ben.

          No me lo podía creer. Entonces quería volver a verme. Pensaba que mis palabras habían quedado en el olvido de esa noche. Comencé a leer yo también y me puse un poco triste.

-       Dice que vendrá a buscarme esta noche para cenar y pasar “la mejor velada alemana que pueda recordar en la vida, si está en mi mano demostrarlo” – recité directamente de la carta – chicas, no está de su mano, esta noche ya he hecho planes contigo, Bea.
-       ¡Anda! Serás tonta. A mi me vas a tener que ver la cara todos y cada uno de los días, tanto aquí como en España y el fin del mundo, si algún día decidimos ir. Mientras que ese mago no va a estar nada más que esta noche porque, no sé si se os ha olvidado que dentro de unas treinta horas estaremos cogiendo un avión de vuelta a casa.

           Es cierto, se nos había olvidado por completo que era nuestra última noche allí, y eso nos entristeció bastante.

-       Con más razón, no te voy a dejar nuestra última noche aquí, sola.
-       No te preocupes por mí, bajaré a ver si Herman ha acabado el turno cuando os vayáis y, de paso, le pregunto por todo lo que ocurrió y que seque de una vez esas lagunas que se han quedado en mi cabeza.
-       Bueno, no es mala idea, pero si necesitas cualquier cosa y quieres que volvamos, nos llamas a cualquiera de las dos, nos avisamos entre nosotras y venimos a por ti.
-       Vale, lo haré.
-       No, no me fio. – dijo Elena de repente – promételo.
-       Prometido, en serio.
-       Bien, mientras no sea como la promesa de que no ibais a interrumpirme, por mi vale – soltó en un tono muy sarcástico y una sonrisa angelical.

            En ese momento, atravesamos la puerta de la habitación y empezamos a no saber de verdad qué nos pondríamos de ropa. Era la última noche en ese país que nos ha dado tanto en sólo dos semanas. Teníamos que terminar bien y ahora sí que vaciamos el armario casi completo. Lo único bueno de eso es que así íbamos decidiendo lo que nos pondríamos al día siguiente para el viaje e íbamos haciendo la maleta de vuelta a casa. Ahorrar tiempo no sabíamos aún lo bien que nos iba a venir, porque esa noche todavía tenía mucho que desvelar.

Capítulo 10



A la mañana siguiente…

-       Anoche cuando llegamos estabas dormida como un bebé en tu cama. No quisimos despertarte pero nos moríamos de ganas de saber por qué habías desaparecido y qué habías hecho –dije, un poco molesta.
-       A mi también me gustaría saberlo –respondió Bea.
-       ¿Cómo? Creo que no te estamos entendiendo.
-       Es bastante sencillo. Sólo recuerdo haber llegado a la habitación del hotel con Herman y a raíz de ahí tengo el resto de noche bastante borrosa.
-       Menuda borrachilla estás hecha – se reía Elena pero, al parecer, a Bea no le hacía tanta gracia.
-       No bebí tanto así que no sé qué pudo pasar. Luego bajaré a verle y que me lo cuente pero antes tendré que saber cómo os fue a vosotras – sentenció mientras nos guiñaba un ojo.

     En ese momento, Elena y yo compartimos una mirada. Una fracción de segundo fue suficiente para recordar todo lo ocurrido la noche anterior. Cada una de nosotras sabía lo que le había pasado a la otra pero Bea estaba al margen de todo y cuando nos dimos cuenta, no pudimos parar de reír.

-       Pero, ¿se puede saber qué os pasa? ¿Qué ocurrió tan gracioso? – Bea estaba claro que no entendía nada.
-       ¿Empiezas tú y luego lo remato o al revés? – propuso Elena.
-       Como quieras, lo tuyo no es tan novedoso pero sí más impactante así que, creo que empezaré yo y le dejaremos con la intriga de tu historia.
-       Me da igual la que empiece pero hacedlo ya.
-       ¿Y si te lo contamos mientras vamos de compras al centro? Aún no hemos mirado los vestidos de graduación y nos queda muy poco tiempo aquí ya.
-       Me parece una idea estupenda, pero empieza desde ya.

        Entonces, mientras nos arreglábamos en la habitación y cambiábamos el pijama por algo más adecuado para salir a la calle, comencé a contarle mi historia a Bea, que casi ni parpadeó de principio a fin. Elena de vez en cuando tenía algo que añadir. Quise omitir cierto detalle que no tenía demasiada importancia pero en ese momento…

-       Y le dijo en qué hotel se alojaba y el número de la habitación, ¿tú lo ves normal? – interrumpió Elena escandalizada.
-       ¿Me lo dices en serio? ¿La desconfiada del grupo ha dado un voto de confianza? Increíble, sí que va a ser verdad que Berlín cambia a las personas – y se echaron a reír y, aunque al principio a mi no me hacía demasiada gracia, terminé contagiándome.

       Ya llevábamos un rato en el centro comercial. No sé por cuántas tiendas habíamos pasado ya pero nos habríamos probado unos treinta vestidos y la única que había encontrado el suyo había sido Elena. La verdad es que era precioso, pero ninguna de nosotras nos veíamos con él. Debíamos seguir buscando pero, al parecer, nuestros estómagos no estaban demasiado de acuerdo con ello.

-       Chicas, creo que empiezo a tener bastante hambre.
-       Sí, nosotras también lo creemos. Han tenido que oír nuestros rugidos hasta en el hotel casi – exageró Elena.

           Fue en ese instante cuando nos sentamos y, tras pedir una hamburguesa para cada una en el primer restaurante de comida rápida que vimos, Bea cayó en la cuenta de algo.

-       Oye, al final Elena se ha librado de contar su historia.
-       De eso nada, va a empezar ahora mismo, que, si la mía te ha dejado sin pestañear, ésta te va a dejar con la boca abierta de principio a fin.
-       Bueno, vale, la cuento pero con una condición: que no me interrumpáis ni un solo minuto. Incluida tú Roc, que ya te la sabes.
-       Vale, prometido. – respondimos al unísono con cara de angelitos y una sonrisilla que inspiraba inocencia.
-       Pues verás, estando allí con los amigos de Herman, nos levantamos a bailar los tres porque tú desapareciste y Roc dijo que no le apetecía nada. Ya me conocéis, estuve bailando a mi modo y sin contar con ninguno de ellos pero a la vez sin dejarles escapar. Eran todo canciones para mover bien el esqueleto. Había mucha gente, muchas manos y tampoco es que me fuese a fijar en quién había a mi alrededor y quién no, pero entonces alguien me cogió de la mano. Cuando vi esos ojos verdes me quería morir, no sabía qué hacía allí pero apareció…
-       Pero, ¿quién? – estalló Bea, que no podía más.
-       ¡Paolo! El italiano del aeropuerto. Pero no me interrumpas más, por favor – entonces Bea asintió y siguió con los ojos abiertos como si acabase de ver un fantasma. – Cuando le vi, casi no podía articular palabra pero es que además, me apartó de donde estaban los otros dos y empezó a sonar una canción súper tranquila. Empezamos a bailar juntos y le pregunté que cómo me había encontrado y entonces él me dijo algo sobre el destino o algo así…
-       No mientas. Igual que no me has dejado omitir a mi, yo no te voy a dejar a ti – dije – si no recuerdo mal fue algo así como “hay veces que dos personas están destinadas a unir sus caminos y no podemos hacer nada por evitarlo y, como habrás podido comprobar, los nuestros se han unido ya un par de veces.”
-       Sí, algo así – afirmó Elena bastante sonrojada – y acabo con algo parecido a “… Me dijiste que si te encontraba podría enseñarte Berlín, que me dabas tu palabra y yo, partiendo de mi modo de pensar, decidí no buscarte. Si Berlín quería que nos encontrásemos, lo haríamos.” Además, justo en ese momento, estábamos tan cerca que podía oler la colonia que llevaba. Me recogió el pelo con su mano, me acercó con la otra y me besó en el último minuto de la canción, antes de que empezasen con las de tipo comercial otra vez.
-       ¡Madre mía! Ese chico es increíble. Ya no sólo de físico, que es un chico de estos que no dejarías escapar, sino la manera de hablar y de pensar. Es alucinante. - comentó Bea bastante sorprendida.
-       Sí, además sé que es verdad que no me ha estado buscando, porque me presentó a un amigo suyo que ha pasado con él todo este tiempo y sólo le contó nuestro encuentro en el aeropuerto, y él me dijo a mi que en principio no iban a ir a ese local, que el otro estaba cerrado y fue un gran giro inesperado.
-       Y tan inesperado, como que me va a costar recuperarme del “shock”. A ver si lo he entendido todo bien. Primero, nuestra pequeña desconfiada le dice hotel y habitación exactos donde encontrarnos a un completo extraño que resulta ser un mago muy conocido. Y para rematar, nuestra chica sexy se encuentra con el cañón que conoció en el aeropuerto, por arte del destino y, si no me ha parecido ver mal, se ha puesto roja mientras contaba la historia. Eso sólo puede significar que ha calado hondo.
-       Tampoco exageres tanto. – se defiende Elena – sólo es un chico. No tiene nada de... especial…

           En ese momento, alguien llama al teléfono de nuestra amiga.

-       ¿Sí? Ah, hola Paolo. No, no estoy ocupada, estaba de compras con mis amigas, pero ya estamos terminando. Dime.

         Nuestra cara fue un poema al oír el nombre del interlocutor. Tampoco sabemos de qué nos sorprende, pero lo que sí llamó bastante la atención fue el comportamiento de nuestra amiga. Parecía nerviosa pero muy segura de sus palabras. Es una mezcla que no le pega pero nos resultaba muy gracioso verla sin saber cómo reaccionar y sonriendo por detrás del teléfono para que no la viésemos. Mientras, nosotras seguimos en la búsqueda del vestido perfecto. Parecía no acabarse nunca y aún nos quedaba tarde.

          En el tiempo en que Elena contaba todo lo ocurrido la noche anterior, seguimos mirando y probándonos vestidos. Bea también había encontrado una maravilla. Puesto en la percha no decía demasiado pero sobre ella, era un diamante en bruto. Estaba espectacular.

     Empezaba a desesperarme, no encontraba nada que me terminase de convencer. Buscaba ese vestido que te haga pensar “no hay nada mejor en el mundo”, el típico flechazo, pero con una prenda de ropa, y sólo quedaban veinte minutos antes de que cerrasen todas las tiendas.

       Me di por vencida. Prefería que nos fuésemos al hotel y mañana ya sería otro día. Además, Elena, en su conversación con el italiano, había quedado para esta noche y sino no le daría tiempo a nada.

     Entonces ocurrió. Una sensación. ¿Sabéis esas que te hacen mirar hacia un sitio determinado sin motivo aparente? Sólo tu interior te dice que merece la pena. Antes de llegar a la salida del centro comercial, había una pequeña boutique de ropa, que no tenía ni la cuarta parte de espacio que la mayoría de las tiendas que allí se encontraban pero, al contrario que pasaba con el espacio, allí sí lo encontré. El vestido perfecto.

lunes, 20 de agosto de 2012

Capítulo 9



    Once de la noche. Entrada del hotel.

    Tres chicos alemanes esperaban conversando en la puerta de aquel hotel donde trabajaba su amigo. Él les había prometido que tendrían una buena noche. Ya les había contado que había conocido a una chica, una clienta del hotel, muy guapa y que tenía dos amigas iguales que ella. No se entendían demasiado bien pero tampoco importaba, él ya tenía todo planeado para esa noche y sus amigos le ayudarían en lo que pudiesen, pero primero tendría que sacar a bailar a sus amigas y tomar algo.

   Mientras los tres chicos hablaban y se reían, aparecimos nosotras por la puerta. No habíamos tenido demasiado tiempo para salir de compras pero eso no importaba, ya habíamos tenido suficiente con la locura de los días antes de irnos de viaje.

    La verdad es que íbamos bastante guapas para una cosa tan normal como salir a tomar algo con gente que no conocemos de nada pero nos lo había pedido Bea y por ella haríamos cualquier cosa. Ella iba con un vestido blanco de palabra de honor, ajustado como un corsé hasta la cintura y luego caía  más abultado algo más arriba de la rodilla. Elena en cambio llevaba unos pantalones vaqueros bastante cortos y una camisa azul celeste que le quedaba muy bien con la sombra de ojos a juego. Estaban espectaculares. Yo, por otro lado, decidí estrenar una falda que me encantó al verla, era muy sencillita, llevaba una goma en la cintura, el largo caía hasta mitad del muslo y, eso sí, tenía un color coral precioso, combinada con una camiseta de tirantes blanca metida por dentro de la falda, no quedaba del todo desentonada con mis amigas.

    Al vernos salir, el socorrista le dio un beso a Bea y nos fue presentando a sus amigos. Nosotras estábamos pendientes de nuestra amiga, aunque intentase disimularlo, se moría de la vergüenza. En cambio Elena ya se había puesto a hablar con los otros dos y yo me quedé a su lado.

    Íbamos hacia un pub cerca del hotel, tampoco queríamos que nos pasase lo de la otra noche y quedarnos sin forma de volver al hotel. Al entrar, parecía bastante acogedor, era un pub de espectáculos y esa noche había uno de magia pero aún no había comenzado. Tenía una zona de sillones donde se podía estar tranquilo hablando y otra donde estaba la pista de baile con música que no entendíamos pero que al menos tenía ritmo.

     Nos sentamos todos en uno de los sillones. Pedimos una copa cada uno tras una ronda de chupitos a los que invitó el nuevo chico de nuestra amiga. Empezamos a reírnos, seguimos bebiendo y Bea dejó de existir para nosotras, al poco rato dijeron que se iban a dar un paseo para despejarse y no volvimos a verles.

    Elena se levantó con los otros dos amigos y se fue a la pista de baile, se les caía la baba con cada movimiento de caderas que  hacía y se iban turnando para bailar con ella. Yo sabía que sólo era un juego, que no iba a darles nada más que un baile y se me quitaron todas las dudas cuando apareció otro chico para sacarla a bailar. Los chicos alemanes se quedaron perplejos mirando cómo aquel chico les quitaba a su bailarina. A mi me resultaba familiar. Ese pelo castaño, de lejos no se le veía demasiado bien pero creo que sí, puede ser él. Ha cambiado un poco de forma de vestir desde la última vez que le vimos, que también fue la primera. Sí, ya no cabía la menor duda, era el italiano del aeropuerto. ¿Cómo se llamaba? Ah, sí, Paolo.

     En ese momento las luces se atenuaron y empezó a sonar una música más tranquila, ellos empezaron a bailar. Mi amiga parecía bastante más tranquila que la otra vez. ¿Qué le habrá dicho para que esté así? Bueno, supuse que luego me lo contaría todo y entonces caí en la cuenta de que no sabía dónde estaban los otros dos amigos de Herman. Unos minutos me hicieron falta para averiguar que estaban ligando en la barra con dos camareras.

     Estaba sola, en un pub de Berlín, sin conocer a nadie y sin nada que hacer. Alguien anunció que iba a empezar el espectáculo de magia y decidí ir a verlo. Total, no tenía nada que perder y al menos me mantendría entretenida hasta que mis amigas volviesen.

-       Señoras y señores, les presentamos a la maravilla de esta noche. Con su incomparable espectáculo de magia, les presentamos a un mago que es la sensación en Francia, su país natal. Un fuerte aplauso para Benjamín Ledoux.

     Al salir, me di cuenta de que algo iba a cambiar esa noche. Era bastante atractivo y cuando me miró fijamente no pude contener la sonrisa.

    Durante todo el espectáculo estuvo magnífico y al final acabó lanzando la baraja de cartas, con la que había hecho un par de trucos, al aire. Cayeron todas dentro del escenario excepto una. Esa carta traviesa que se escapa en el momento más oportuno y puede cambiar el curso de dos personas sin saberlo. Esa fue la carta que cayó en mis piernas. Una sota de corazones.

   No me parecía bien quedarme con ella, así que decidí pasar por detrás y buscarle para dársela. Había dos hombres de seguridad que no me dejaban pasar ni a sol ni a sombra por aquella puerta.

-       ¿Pero es que no lo entiende? Necesito pasar a darle una carta que se ha perdido en el espectáculo.
-       NO.
-       ¿Es lo único que sabes decir? Sólo será un momento, es para darle esta carta, únicamente.
-       NO.
-       ¿Qué es todo este jaleo? – apareció al abrirse la puerta.
-       Esta chica quiere pasar a darle una carta.
-       Vale, déjala pasar. No hay problema.

    Entonces entré, pero no era mi intención, sólo era una carta de su baraja, no había más misterio, pero por alguna razón estaba más tranquila.

-       A veces son un poco pesados, pero son buena gente. Perdona que no me haya presentado. Soy Benjamín Ledoux, pero puedes llamarme Ben, lo prefiero.
-       Sí, he estado en tu espectáculo de magia y por eso estoy aquí, se te ha caído esta carta en mis piernas y pensé que te haría falta. Perdona que yo no me haya presentado tampoco. Me llamo Rocío, pero mis amigas me llaman Roc.
-       Bonito nombre e interesante abreviación. ¿Estás aquí sólo por esa carta?
-       Sí – contesté bastante avergonzada, a lo mejor tenía otras expectativas.
-       Pues  entonces haremos una cosa, déjame la carta.

      Se la entregué y comenzó a escribir algo en ella. Yo no entendía nada, ¿voy a dársela por si le hace falta para sus espectáculos y se pone a escribir en ella?

-       Toma, para ti, dedicada. Ahora, ¿aceptarías tomarte algo conmigo en la barra? Necesito beber algo.
-       Sí, por supuesto.

     Era bastante simpático, mientras estuvimos allí no paramos de hablar y contarnos cosas sobre nuestra vida, saber algo más de la persona que acabas de conocer nunca está de más. Era muy tarde cuando miré el reloj y Bea seguía sin aparecer. Esta chica últimamente no nos hace otra cosa, y Elena seguía con el italiano bailando pero ahora ya no era tranquila la música y había vuelto a su jugueteo pero sólo con él.

-       Creo que voy a tener que irme, lo siento. Una de mis amigas parece que necesita una buena cama donde dormir y la otra lleva horas sin aparecer.
-       ¿Podré volver a verte? Estaré unos días aún por aquí.
-       Si quieres, ven a buscarme mañana al hotel y salimos por ahí. Está a dos manzanas de aquí, habitación 515.
-       Sí, creo que sé cuál es.
-       Hasta pronto.
-       Bonne nuit.

      En ese momento sentí mucho alejar a Elena de su chico italiano pero debíamos averiguar dónde estaba Bea y la única opción parecía ser la habitación del hotel. Nos dirigimos hacia allí sin pensarlo dos veces mientras nos íbamos contando las respectivas aventuras de la noche. Por lo visto el italiano se había tomado en serio encontrarla y ella tenía que cumplir su palabra.

    Lo que menos esperábamos ninguna es que el día siguiente sería muy distinto a los anteriores. Quizá no era mala idea darle un giro al viaje y verlo desde otra perspectiva. Lo único que nos quedaba claro es que esa noche quedaría en nuestros recuerdos grabada. Un recuerdo que podía ser el más agradable de todos o el más espantoso.