lunes, 20 de agosto de 2012

Capítulo 9



    Once de la noche. Entrada del hotel.

    Tres chicos alemanes esperaban conversando en la puerta de aquel hotel donde trabajaba su amigo. Él les había prometido que tendrían una buena noche. Ya les había contado que había conocido a una chica, una clienta del hotel, muy guapa y que tenía dos amigas iguales que ella. No se entendían demasiado bien pero tampoco importaba, él ya tenía todo planeado para esa noche y sus amigos le ayudarían en lo que pudiesen, pero primero tendría que sacar a bailar a sus amigas y tomar algo.

   Mientras los tres chicos hablaban y se reían, aparecimos nosotras por la puerta. No habíamos tenido demasiado tiempo para salir de compras pero eso no importaba, ya habíamos tenido suficiente con la locura de los días antes de irnos de viaje.

    La verdad es que íbamos bastante guapas para una cosa tan normal como salir a tomar algo con gente que no conocemos de nada pero nos lo había pedido Bea y por ella haríamos cualquier cosa. Ella iba con un vestido blanco de palabra de honor, ajustado como un corsé hasta la cintura y luego caía  más abultado algo más arriba de la rodilla. Elena en cambio llevaba unos pantalones vaqueros bastante cortos y una camisa azul celeste que le quedaba muy bien con la sombra de ojos a juego. Estaban espectaculares. Yo, por otro lado, decidí estrenar una falda que me encantó al verla, era muy sencillita, llevaba una goma en la cintura, el largo caía hasta mitad del muslo y, eso sí, tenía un color coral precioso, combinada con una camiseta de tirantes blanca metida por dentro de la falda, no quedaba del todo desentonada con mis amigas.

    Al vernos salir, el socorrista le dio un beso a Bea y nos fue presentando a sus amigos. Nosotras estábamos pendientes de nuestra amiga, aunque intentase disimularlo, se moría de la vergüenza. En cambio Elena ya se había puesto a hablar con los otros dos y yo me quedé a su lado.

    Íbamos hacia un pub cerca del hotel, tampoco queríamos que nos pasase lo de la otra noche y quedarnos sin forma de volver al hotel. Al entrar, parecía bastante acogedor, era un pub de espectáculos y esa noche había uno de magia pero aún no había comenzado. Tenía una zona de sillones donde se podía estar tranquilo hablando y otra donde estaba la pista de baile con música que no entendíamos pero que al menos tenía ritmo.

     Nos sentamos todos en uno de los sillones. Pedimos una copa cada uno tras una ronda de chupitos a los que invitó el nuevo chico de nuestra amiga. Empezamos a reírnos, seguimos bebiendo y Bea dejó de existir para nosotras, al poco rato dijeron que se iban a dar un paseo para despejarse y no volvimos a verles.

    Elena se levantó con los otros dos amigos y se fue a la pista de baile, se les caía la baba con cada movimiento de caderas que  hacía y se iban turnando para bailar con ella. Yo sabía que sólo era un juego, que no iba a darles nada más que un baile y se me quitaron todas las dudas cuando apareció otro chico para sacarla a bailar. Los chicos alemanes se quedaron perplejos mirando cómo aquel chico les quitaba a su bailarina. A mi me resultaba familiar. Ese pelo castaño, de lejos no se le veía demasiado bien pero creo que sí, puede ser él. Ha cambiado un poco de forma de vestir desde la última vez que le vimos, que también fue la primera. Sí, ya no cabía la menor duda, era el italiano del aeropuerto. ¿Cómo se llamaba? Ah, sí, Paolo.

     En ese momento las luces se atenuaron y empezó a sonar una música más tranquila, ellos empezaron a bailar. Mi amiga parecía bastante más tranquila que la otra vez. ¿Qué le habrá dicho para que esté así? Bueno, supuse que luego me lo contaría todo y entonces caí en la cuenta de que no sabía dónde estaban los otros dos amigos de Herman. Unos minutos me hicieron falta para averiguar que estaban ligando en la barra con dos camareras.

     Estaba sola, en un pub de Berlín, sin conocer a nadie y sin nada que hacer. Alguien anunció que iba a empezar el espectáculo de magia y decidí ir a verlo. Total, no tenía nada que perder y al menos me mantendría entretenida hasta que mis amigas volviesen.

-       Señoras y señores, les presentamos a la maravilla de esta noche. Con su incomparable espectáculo de magia, les presentamos a un mago que es la sensación en Francia, su país natal. Un fuerte aplauso para Benjamín Ledoux.

     Al salir, me di cuenta de que algo iba a cambiar esa noche. Era bastante atractivo y cuando me miró fijamente no pude contener la sonrisa.

    Durante todo el espectáculo estuvo magnífico y al final acabó lanzando la baraja de cartas, con la que había hecho un par de trucos, al aire. Cayeron todas dentro del escenario excepto una. Esa carta traviesa que se escapa en el momento más oportuno y puede cambiar el curso de dos personas sin saberlo. Esa fue la carta que cayó en mis piernas. Una sota de corazones.

   No me parecía bien quedarme con ella, así que decidí pasar por detrás y buscarle para dársela. Había dos hombres de seguridad que no me dejaban pasar ni a sol ni a sombra por aquella puerta.

-       ¿Pero es que no lo entiende? Necesito pasar a darle una carta que se ha perdido en el espectáculo.
-       NO.
-       ¿Es lo único que sabes decir? Sólo será un momento, es para darle esta carta, únicamente.
-       NO.
-       ¿Qué es todo este jaleo? – apareció al abrirse la puerta.
-       Esta chica quiere pasar a darle una carta.
-       Vale, déjala pasar. No hay problema.

    Entonces entré, pero no era mi intención, sólo era una carta de su baraja, no había más misterio, pero por alguna razón estaba más tranquila.

-       A veces son un poco pesados, pero son buena gente. Perdona que no me haya presentado. Soy Benjamín Ledoux, pero puedes llamarme Ben, lo prefiero.
-       Sí, he estado en tu espectáculo de magia y por eso estoy aquí, se te ha caído esta carta en mis piernas y pensé que te haría falta. Perdona que yo no me haya presentado tampoco. Me llamo Rocío, pero mis amigas me llaman Roc.
-       Bonito nombre e interesante abreviación. ¿Estás aquí sólo por esa carta?
-       Sí – contesté bastante avergonzada, a lo mejor tenía otras expectativas.
-       Pues  entonces haremos una cosa, déjame la carta.

      Se la entregué y comenzó a escribir algo en ella. Yo no entendía nada, ¿voy a dársela por si le hace falta para sus espectáculos y se pone a escribir en ella?

-       Toma, para ti, dedicada. Ahora, ¿aceptarías tomarte algo conmigo en la barra? Necesito beber algo.
-       Sí, por supuesto.

     Era bastante simpático, mientras estuvimos allí no paramos de hablar y contarnos cosas sobre nuestra vida, saber algo más de la persona que acabas de conocer nunca está de más. Era muy tarde cuando miré el reloj y Bea seguía sin aparecer. Esta chica últimamente no nos hace otra cosa, y Elena seguía con el italiano bailando pero ahora ya no era tranquila la música y había vuelto a su jugueteo pero sólo con él.

-       Creo que voy a tener que irme, lo siento. Una de mis amigas parece que necesita una buena cama donde dormir y la otra lleva horas sin aparecer.
-       ¿Podré volver a verte? Estaré unos días aún por aquí.
-       Si quieres, ven a buscarme mañana al hotel y salimos por ahí. Está a dos manzanas de aquí, habitación 515.
-       Sí, creo que sé cuál es.
-       Hasta pronto.
-       Bonne nuit.

      En ese momento sentí mucho alejar a Elena de su chico italiano pero debíamos averiguar dónde estaba Bea y la única opción parecía ser la habitación del hotel. Nos dirigimos hacia allí sin pensarlo dos veces mientras nos íbamos contando las respectivas aventuras de la noche. Por lo visto el italiano se había tomado en serio encontrarla y ella tenía que cumplir su palabra.

    Lo que menos esperábamos ninguna es que el día siguiente sería muy distinto a los anteriores. Quizá no era mala idea darle un giro al viaje y verlo desde otra perspectiva. Lo único que nos quedaba claro es que esa noche quedaría en nuestros recuerdos grabada. Un recuerdo que podía ser el más agradable de todos o el más espantoso.

domingo, 29 de julio de 2012

Capítulo 8






Días más tarde. Una mañana en el hotel.

     Ya llevábamos en Berlín unos días y lo estábamos pasando de maravilla. Vimos casi todo lo que se podía visitar y estábamos deseando empezar nuestra búsqueda del vestido perfecto para la graduación. En todo lo que llevábamos en Berlín, aún no habíamos ido a un centro comercial y ya era hora de ello. Sólo salíamos por las tardes ya que por las mañanas a Bea le dio una extraña costumbre de levantarse temprano para bajar a la piscina y estar allí toda la mañana. La verdad es que estaba cogiendo color, y eso que aquí el sol tampoco es que ayude a ello.

    Un día, Elena y yo, después de que Bea decidiese seguir con su costumbre, decidimos bajar nosotras también y averiguar por qué a nuestra amiga le habían dado tantas ganas de bajar.

-       Mira, Bea está allí pero, ¿hacia dónde está mirando?

     Y siguiendo la mirada de nuestra amiga, descubrimos que estaba ensimismada mirando al socorrista. No estaba mal el chico pero no era de mi gusto. Mientras le decía a Elena que pasásemos desapercibidas para no avergonzarla, ya era demasiado tarde, Elena iba directa hacia nuestra amiga mientras gritaba su nombre y corría como si hiciese años que no la vemos.

    Bea, al verla venir se le cambió la expresión y empezó a ruborizarse como hacia mucho tiempo.

-       Pero, ¿qué haces aquí sola? Que calladito te lo tenías… ¿Has hablado con él ya? ¿Cómo se llama? – empezó Elena con su ronda de preguntas.
-       ¿Te quieres callar? Al final te va a oír… No sé cómo se llama… - respondió Bea.
-       Pero si llevas días bajando y por lo visto ésta era tu razón. Si te hemos visto desde la puerta que te lo comes con la mirada.
-       Ssssh… Calla... Mirad, es el chico que me ayudó con las maletas el día que vinimos pero no sé cómo acercarme ni qué decirle ni nada, me da muchísima vergüenza así que me quedo aquí, le miro y ya está.
-       No, no, no. Nosotras te vamos a ayudar. Mira, te acercas allí y le dices “hola, eres el socorrista, ¿verdad? Tengo una duda, si me ahogo ¿qué harías?” y antes de que conteste, sonríes y te tiras al agua. – propuso Elena.
-       ¡Para nada! ¿Estás loca? Me moriría de la vergüenza antes de acercarme a él…
-       Bueno, quizá yo tenga una idea mejor. Pero vas a tener que seguirnos el juego, Bea. – propuse.

      Escucharon con atención lo que se me había ocurrido y a ninguna les pareció mala idea así que, nos dirigimos tranquilamente hacia el borde de la piscina, por la parte más profunda. Una vez allí, hacíamos como que estábamos jugando a tirarnos las unas a las otras. Primero fue Elena al agua y fue buceando hacia fuera mientras Bea caía detrás. Justo en ese momento grité “¡Socorro! ¡Que alguien ayude a mi amiga! ¡No sabe nadar!” mientras ella chapoteaba y se hundía como si de verdad se estuviese ahogando. Entonces el socorrista se tiró hacia ella y la sacó del agua. Elena y yo decidimos no entrometernos, ya que después de este teatrillo empezaron a hablar, así que nos fuimos de vuelta a la habitación.

     Ya era casi la hora de comer y aún no sabíamos nada de Bea. Sí que tenían cosas que decirse. El muchacho no parecía saber castellano así que nuestra amiga va a saber más inglés que ninguna.

     Cuando ya nos preparábamos para ir a comer, apareció y decidió que nos lo contaría todo mientras comíamos.

-       Chicas muchas gracias, en serio, me lo he pasado genial y todo gracias a vuestra ocurrencia. Eso sí, eso de que no sepa nadar, me ha costado desmentirlo… - comenzó a explicar Bea.
-       Ya, vale, de nada pero, ¿qué es lo que habéis hablado tanto tiempo? Que nos tienes en ascuas. – Insistió Elena.
-       Pues, para empezar, esta noche tenemos planes. Me ha dicho que podríamos salir de fiesta con él y unos amigos suyos.
-       Uuuh… ese plan me gusta – dijimos Elena y yo casi al unísono – ya era hora de que saliésemos por aquí.
-       Sí. A ver, es alemán y se llama Herman. Bueno, y he quedado con él en la puerta del hotel a las once, esta noche.
-       Bueno, el nombre no es muy bonito que se diga pero no podemos pedir más. – dije, pero aún me quedaba una duda – oye, ¿y no ha pasado nada más? En tanto tiempo, me extraña.
-       Bueno… veréis… esto… yo me iba a ir cuando… bueno… me besó… fue como volver a los quince, estaba feliz.

     Acto seguido nos quedamos quietas mirándola mientras nos echábamos a reír. Nos parecía increíble que a nuestra amiga Bea le diese vergüenza ahora contarnos estas cosas después de tantos años.

    Después de comer decidimos que nos quedaríamos esa tarde arreglándonos en la habitación. Teníamos que estar guapas para nuestra fiesta alemana y nunca se sabe dónde vas a terminar, qué es lo que ocurrirá, ni a quién te puedes encontrar.

jueves, 26 de julio de 2012

Capítulo 7




Tranvía de vuelta al hotel.

-       Tengo los pies destrozados. ¿Alguien puede explicarme por qué nos hemos pegado esta paliza el primer día? – dijo Elena mientras se masajeaba los gemelos.
-       Hay que reconocer que se nos ha ido de las manos. Hemos ido enlazando una cosa con otra y al final se nos ha hecho de noche. –resolvió Bea.
-       Yo me lo he pasado estupendamente, eso sí, hoy de fiesta nada. Eso ya mañana. – dije muy convencida.
-       No, no, no. Yo meto los pies en agua fría y se me  pasa. Hoy salimos. – respondió Elena mientras la mirábamos sorprendidas.
-       No lo estarás diciendo en serio, ¿verdad? Podemos salir mañana o pasado, tenemos dos semanas.
-       Bueno, me has convencido un poco, pero sólo porque sé que este dolor de pies no se me va a pasar con agua fría. Eso sí, mañana más tranquilitas y salimos por la noche.

     No costó mucho convencerla. La verdad es que estábamos agotadas.

     Después de salir del hotel  al medio día, decidimos pasar por un punto de información para ver qué podíamos visitar, lo que necesitábamos de transporte para movernos por la ciudad y restaurantes, centros comerciales y zonas por las que salir por la noche.

    Cuando llegamos, nos atendió una recepcionista guapísima pero algo lenta y casi no nos entendíamos, porque ella no sabía castellano y nuestra pronunciación en inglés tampoco es que sea perfecta. Al fin conseguimos que nos dijese varios sitios para visitar. La puerta de Brandemburgo, el monumento al holocausto, el muro de Berlín, el museo egipcio, la Catedral y el parlamento alemán eran las cosas que no podíamos perdernos, pero para la mayoría necesitábamos cita previa o ir con mucho tiempo.

       Cuando nos despedimos de la recepcionista, decidimos que iríamos a comer al centro de la ciudad y ahí decidíamos qué visitar por la tarde.

      Encontramos un restaurante muy rústico y pensamos que para empezar no estaba mal. Nos pedimos las tres una cerveza típica alemana y un revuelto de huevos con patatas panaderas. Estaba todo increíblemente bueno. Eso sí, nunca nos hubiésemos imaginado que las jarras de bebida eran tan grandes. Durante la comida, entre risas y más risas, propusimos ir a visitar el museo egipcio (porque me hacía especial ilusión), un poco del muro de Berlín y la puerta de Brandemburgo de noche, que tiene que ser preciosa.

    Al salir del restaurante, comprendimos por qué todo era tan grande y es que barato, precisamente, no era. A lo mejor hubiera sido mejor idea comer en el hotel y las cenas fuera, que son más ligeras, pero sino nos partía todo el día.

    Conseguimos, tras mucho preguntar y que casi nadie supiese de qué le estábamos hablando, coger un autobús que nos dejó cerca del museo egipcio. Es una maravilla y tenían una réplica exacta del busto de la reina Nefertiti. La verdad es que tenía muchas ganas de verlo y me ha encantado. Llevábamos un aparato que nos iba contando la historia de cada estatuilla y así se nos pasó el tiempo. Cuando nos quisimos dar cuenta era muy tarde pero ya que habíamos acordado ir a más sitios, no íbamos a romper nuestro plan el primer día.

      Cuando salimos del museo fuimos camino a ver el muro de Berlín. Sabíamos que era largo pero con lo sorprendentes y muy duras que eran algunas pinturas que en él estaban, se nos hicieron muy cortos los dos o tres kilómetros que recorrimos. Había pinturas que reflejaban claramente el dolor de las personas que se encontraron con esa época, familias separadas por una pared y millones de prejuicios. Otras se tornaban más alegres, en busca de la libertad que no tenían. Fue una experiencia única.

     Tras esto, sólo nos quedaba la majestuosa puerta de Brandemburgo. Preciosa y enorme, no sabíamos cómo sería de día pero de noche, todo lo que tenía de bonita, lo tenía de temible. La historia ha dejado mucha huella también en los monumentos, no sólo en los recuerdos de las personas.

    Después, estuvimos largo rato buscando dónde coger un autobús o un tranvía que nos dejase cerca del hotel pero nadie sabía nada. Unas personas nos mandaban a un sitio, al llegar nos conducían a otro, y así siguieron hasta que decidimos que no podíamos más. Cuando estábamos sentadas en un banco, a punto de ir nosotras mismas a buscar el hotel, apareció una chica, que de algo nos era familiar. ¡Era la recepcionista del punto de información! Había cambiado de ropa y seguramente se iría a su casa pero a nosotras nos salvó porque, justo a tiempo de que se nos escapase, nos dijo dónde coger el tranvía de vuelta.

martes, 17 de julio de 2012

Capítulo 6



Hotel de Berlín.

El hotel era altísimo y tenía una fachada peculiar. Estaba hecha de un ladrillo a dos colores que entonaban bastante bien con el mármol color gris de la entrada y las puertas metalizadas. Hay que reconocer que nuestro agente de viajes no tiene mal gusto para llevar a tres chicas a otra ciudad.

Cuando entramos a la sala principal, vimos una mesa de recepción del mismo mármol gris, adornada con flores artificiales, y nos acercamos allí. Había un chico rubio, alto y muy delgado. Típico prototipo alemán. No era guapo, para nada, pero al menos esperamos entenderle y que sepamos ir a nuestra habitación.

-       ¿Qué idioma hablan, señoritas? – preguntó en un perfecto inglés.
-       Español – respondí.
-       Perfecto. Buenos días, ¿tienen el nombre de la reserva? – contestó el recepcionista, para nuestra sorpresa, en español.
-       Sí, espere. ¿Chicas quién llevaba los sobres? – pregunté.
-       Creo que yo, espera que lo miro. – contestó Bea – sí, aquí tiene.
-       De acuerdo. Voy a buscar su reserva en el ordenador. Una habitación para tres, con camas individuales, si no me equivoco.
-       Sí, es esa.
-       Vale, pues estas son sus llaves. Habitación 515, quinto piso, el pasillo de la derecha. Pueden subir por esos ascensores de allí – dijo mientras señalaba dos puertas metálicas al final de un pasillo.
-       Muchas gracias.

      Una vez nos despedimos del recepcionista, nos dirigimos a los ascensores. Llamamos a los dos. Llega el de la izquierda.

-       Uff… son muy pequeños. Subimos cada una en uno mejor. – dijo Bea.
-       Vale. ¡Yo primera! Que así me quedo la mejor cama. – gritó Elena metiéndose en el ascensor y cerrando la puerta.
-       Está loca –concluimos Bea y yo.
Llamamos al otro ascensor, que llegó en muy poco tiempo.
-       ¿Prefieres subir tú antes? – sugerí.
-       No, no. A mi me da igual. Sube tú y aguanta sus primeros gritos de alegría. – dijo Bea entre risas.

     Cuando llegué a la habitación, en efecto, Elena estaba demasiado contenta. Había corrido las cortinas para que entrase más luz, y ya tenía muchas cosas sacadas de su maleta. Lo que no sé es cómo le dio tiempo a tanto en tan poco rato.

     Estaba indecisa entre las dos camas que quedaban. Prefería esperar a que llegase Bea pero al final me decanté por la más cercana a la ventana. Aunque por las mañanas entra mucha luz, prefiero estar cerca y ver las noches desde ahí. Después comencé a sacar las cosas de la maleta. Neceser del baño, ropa, cargador, etc. Y cuando ya casi había terminado, me di cuenta de una cosa.

-       Oye, ¿Y Bea? Hace más de media hora que no sabemos nada de ella. – dije preocupada.
-       Es verdad. Es demasiado tiempo para que no haya llegado ningún ascensor.

     Me dirigía hacia la puerta de la habitación ya cuando ésta se abrió.

-       ¡Bea! Menudo susto. Ya íbamos a ir a buscarte. ¿Dónde estabas?
-       Esto… yo… el ascensor se estropeó y tuve que subir por las escaleras… - contestó ella no muy convencida.
-       ¿En serio? ¿Cinco pisos con esa maleta a cuestas y no tienes ni una gota de sudor? –preguntó Elena pícara.
-       Bueno… Es que me han ayudado a subir la maleta.
-       ¿A sí? ¿Quién? ¿El recepcionista feucho? –Elena cuando se pone puede ser cruel.
-       No. Un chico más guapo. –respondió tímida Bea mientras se sonrojaba ligeramente.
-       ¿Y quién es? ¿Tiene una habitación? ¿Es personal del hotel? Es que no nos cuentas nada – Elena parecía una ametralladora. Ni la Santa Inquisición era como ella en esos momentos.
-       Bueno, vamos a dejarla respirar, que a ti antes tampoco te hemos hecho mil preguntas sobre Paolo – defendí recalcando el nombre del chico del aeropuerto.
-       Gracias Roc. No, no sé si es personal del hotel, si se aloja aquí, si viene de visita. Nada. No sé nada de él. Sólo que es muy guapo y que debe ser alemán porque lo hablaba muy bien. Ya está.
-       Bueno, piensa que al menos al haberle visto aquí dentro puedes coincidir de forma accidental más veces con él. –reforcé a mi amiga.
-       Sí, no como el italiano, que no sé si volveré a saber de él. – recordó Elena.
-       ¡No os quejéis! Sólo llevamos unas horas en este país y en esta ciudad y ya habéis ligado cada una con uno y quién sabe, a lo mejor conociendo el centro te vuelves a encontrar con Paolo y tú aquí con el alemán –apunté a mis dos amigas.

     Tenía yo razón, así que mis amigas se limitaron a asentir y mirar para otro lado. Bea aún tenía que deshacer su maleta y Elena se tumbó en su cama a descansar un poco con los cascos puestos. No parecía tener sueño pero estar tumbada siempre viene bien.

     Yo, en cambio, me asomé al pequeño balcón que daba a la calle. Nunca me han gustado las alturas pero era tan hermoso ver aquello. Estaba por encima de los árboles y las vistas no eran algo espléndido, pero no estaban mal. Aquella ciudad no era ni parecida a la que habían dejado en España. Allí la gente no coge el coche, van en tranvía o en bicicleta y, si se encuentran con un cruce mal señalizado o algo parecido, se ceden el paso unos a otros. Son muy corteses y muy silenciosos, aún no he oído un ruido más alto que otro. Aunque claro, habrá que ver cómo es la vida nocturna también allí. No contamos con tanta fiesta como en España pero tampoco queremos quedarnos todas las noches en casa.

-       Bueno chicas, ya he terminado con mi maleta también. ¿Os parece si nos vamos a informarnos sobre qué podemos ver por aquí? Seguro que hay un punto de información por aquí cerca. – sugirió Bea desde dentro de la habitación.
-       Sin duda, que no sé vosotras pero también necesitaremos comer algo. A mi el desayuno ya me ha debido de digerir varias veces y mi estómago pide comida a gritos –dijo Elena después de coger su bolso y sus llaves.

     Tenían razón. Yo también tenía hambre y había que estrenar el estómago de comida típica alemana a la vez que informarse de qué haríamos después del restaurante porque durante unas semanas nos olvidaremos de la siesta. Había que aprovechar el tiempo y aún no sabíamos lo cierto que iba a ser eso.

jueves, 12 de julio de 2012

Capítulo 5



Cinco años atrás. Otoño.

-       Mamá, ya he llegado. ¿Hay alguien? – dije al llegar a casa.
-       Sí cariño, estoy aquí, en el salón.
-       ¿Y papá? ¿No está? Qué raro, me pareció haber visto su coche antes.
-       No, ha ido a trabajar. Siéntate, quiero comentarte algo. – dijo mi madre en un tono algo serio.

Nunca me ha gustado la expresión seria de mi madre. Normalmente suele estar bastante feliz, metida en su trabajo y en la cocina los ratos que tiene tiempo, pero siempre con una sonrisa dibujada en la cara.

-       No sé cómo empezar a contarte esto. No es fácil para mí.
-       Mamá, si es algo tan serio quizá deberías contármelo sin tantos rodeos. Me estás empezando a preocupar.
-       Tienes razón. Quizá sea lo mejor. Lo primero que quiero que sepas es que quiero a tu padre, estoy muy enamorada de él y es el hombre de mi vida, pero hace unos meses hacía cosas que no me gustaban demasiado. Salidas fuera de hora. Pagos que no tenían razón de ser. Viajes inesperados. Y decidí averiguar qué es lo que pasaba para que pasasen todas esas cosas y, como tu padre no me contaba nada, contraté a un detective privado.
-       ¿¡Que hiciste qué!? – si ya de por sí lo de mi padre me había sorprendido, las medidas de mi madre me dejaron estupefacta.
-       No me quedó más remedio. Él no me contaba nada y yo necesitaba saberlo.
-       No me parece la manera más acertada meterte así en la vida de alguien aunque sea tu marido.
-       Aún eres joven, sólo tienes 18 años. Pero ya me comprenderás y acerté de lleno. Tu padre me engañaba... Tenía otra familia.

Algo dentro de mí, al escuchar las palabras de mi madre se rompió. ¿Otra familia? Pero eso no es posible, si éramos felices los tres juntos. Tenía que haber un error, eso no podía estar pasándome a mí. Tiene que ser una broma, una pesadilla o algo. ¿Dónde está la cámara oculta? Esto no tiene ninguna gracia. No podía creer lo que acababa de oír. Con la misma cara de incredulidad con la que me había quedado al oír las palabras de mi madre, me levanté, cogí el jersey que había dejado antes en la entrada de la casa y me dirigí hacia la puerta.

-       Cariño, ¿dónde vas? Hace frío. Por favor, vuelve. Te necesito. – decía mi madre entre lágrimas.
-       Tengo que salir a dar una vuelta. Entiende que es difícil. Te quiero mamá.
-       Vuelve pronto, por favor. Yo también te quiero, cielo.

Entiendo que mi madre lo pase mal. Es su marido, el padre de su hija y la persona con la que lo ha compartido todo en muchísimos años. ¿Cuántos años llevan casados? ¿Veinte? Es posible. Veinte años casados y resulta que todo es una farsa, una mentira que ha ido tejiendo poco a poco. Y en este momento me asaltan mil dudas. ¿Su otra familia sabrá de nosotros? ¿Tendré algún hermano? Bueno, hermanastro. ¿Cómo se le ocurrió hacernos esto a mi madre y a mí?

En ese momento empecé a atar cabos. Las navidades que pasábamos solas en casa mi madre y yo porque él “trabajaba hasta tarde”, las discusiones antes de dormir mientras yo subía la música de mis cascos para no escucharles. Siempre pensé que sería cosa de una recaída, a mi padre nunca se le dio bien decir que no a sus amigos si le invitaban a tomar algo en el bar de siempre. Ahora sé que ese no era el factor principal.

Decidí dar un paseo por la vereda del río que pasa cerca de casa. Hacía frío pero la brisa me vendría bien. Era tarde y al ser invierno anochece más temprano. Es un sitio bonito, pero tan oscuro da un poco de miedo y no se sabe nunca lo que te puedes encontrar.

En realidad no sé si quería estar sola, simplemente necesitaba pensar y asimilar todo lo que acababa de caerme encima como una losa muy pesada.

En ese mismo instante decidí que debía volver a casa. Cuando entré en ella y vi a mi madre llorando desconsoladamente y a mi padre con dos maletas en las manos, noté que no era el momento de hablar nada, pero no pude remediarlo. Me limité a expulsar todo lo que pensaba de él y de su otra familia por la boca, gritando como nunca me habían oído. Él me miraba atónito. ¿Su hija estaba gritándole de esa manera? No lo iba a consentir y según pronuncié otra palabra, noté chocar su mano contra mi mejilla con una fuerza tal, que caí al suelo. No podía creerlo, no podía habérmelo imaginado nunca. Demasiadas emociones. Demasiados sentimientos. Rencor. Odio. Asco. No quería volver a verle, así que me levanté, me armé de valor y le eché de nuestra casa. No quería volver a saber nada de él ni de su vida, y se lo hice notar. Por mucho que pidas perdón, el dolor de la mejilla mañana se me habría pasado, pero el dolor de saber que mi padre ha sido capaz de levantarme la mano y darme un bofetón así nunca se me irá. Se ha quedado grabado en mi corazón, al igual que sus cinco dedos en mi cara.

Según cerré la puerta, fui consciente de lo que acababa de hacer y mi madre llegó justo a tiempo para darme un abrazo antes de derrumbarme.

Esa noche no conseguí dormir. Me acosté junto a mi madre para no dormir solas. Hacía años que no hacíamos eso y está bien, sentía su calor cerca y el amor de una madre es algo que no se cambia por nada del mundo.

Esa fue la noche que decidí que no te puedes fiar de nadie, ni siquiera de tu propia sombra.

Capítulo 4



Una vez aterrizadas en el aeropuerto Tegel de Berlín.

-       Bueno chicas, ya estamos aquí, por fin. –dijo Bea.
-       Sí y, ¿sabéis de lo que me acabo de dar cuenta? – preguntó Elena.
-       ¿De qué?
-       Pues de que vamos a tener que poner en práctica todo el inglés que aprendimos en la carrera en dos semanas.
-       Uff… pues no había caído en ello. Con lo mal que se me da, seguro que al final acaban riéndose de mi. – dije.

Salíamos ya de nuestro avión, por una pasarela que llevaba hacia tierra firme. Era estrecha pero al menos inspiraba seguridad, y el aeropuerto no era tan grande como para perderse. Ya aprendimos la lección en Madrid.

Tras salir de la pasarela, era una ruta fácil. Sólo debíamos ir a recoger las maletas a la cinta por la que se supone debían salir y luego dirigir nuestras miradas hacia todos los carteles donde ponga “exit” y así llegar a pedir un taxi.

     Una vez llegados a la cinta de las maletas, esperamos a que saliesen las nuestras. Primero salió la de Bea, que era blanca con una raya azul en medio. Después salió la mía, roja con un lazo blanco en el pomo. Fue algo que me enseñó mi madre cuando era pequeña y me iba de excursión. “Si no la encuentras o alguien lleva la misma que tú, raro será que también lleve un lazo como el tuyo” eso decía ella siempre. Por último, Elena vio salir la suya al fondo, era de un tono azul metalizado, pero cuando fue a cogerla, alguien puso la mano justo al lado de la suya.


-       ¿Perdona? Ésta es mi maleta. – protestó Elena.
-       No, es la mia. – replicó un chico en un español casi perfecto.

Era guapo. Muy guapo. Era más alto que nosotras, el pelo castaño claro y un poco largo, la verdad, pero unos ojos verdes que invitaban a perderse en ellos. Elena se dio cuenta de ello y de su sonrisa. Llevaba aparato fijo en los dientes pero aun así era bonita.

-       Bueno, sólo podemos saberlo de una forma. Cuando salga la otra que es igual que esta, las abrimos y vemos cuál es la de cada uno. – resolvió Elena, que seguía aún sorprendida por el muchacho de ojos verdes.
-       Por cierto, que mal educado soy, no me he presentado, me llamo Paolo.
-       Mmm… italiano entonces, ¿no?
-       Sí – responde él con otra sonrisa.
-       Yo me llamo Elena y éstas son mis amigas: Bea y Rocío. Hemos venido a pasar un par de semanas aquí.
-       Yo vengo a casa de mis tíos, viven en el centro. Si queréis, como viene mi tía a buscarme puedo pedirle que os acerque hasta el hotel y, si no conocéis la ciudad, yo puedo enseñárosla.
-       Es una proposición muy tentadora, gracias, pero creo que preferimos coger un taxi, no queremos ser una molestia y ya tenemos servicio contratado desde el aeropuerto hasta el hotel.

Justo en ese momento salió la maleta que faltaba. Es verdad, eran exactamente iguales, excepto por un pequeño detalle: la del muchacho llevaba su nombre escrito en la parte delantera como si lo hubiesen pintado a modo grafiti.

-       Bueno, creo que no cabe lugar a dudas de cuál es de cada uno, ¿no? – dijo Elena algo molesta y se dio la vuelta hacia nosotras como queriendo que nos diésemos prisa.
-       No te habrá molestado, ¿verdad? Simplemente no sabía cómo saludarte y me pareció una bonita forma.
-       Pues quizá sí me ha molestado. Adiós.
-       Pero, ¿podré volver a verte? – dijo el chico, clavando sus deslumbrantes ojos en nuestra amiga.
-       Berlín es muy grande, no lo creo, pero si consigues hacerlo, dejaré que me enseñes la ciudad como decías hace unos minutos. Tienes mi palabra.

Acto seguido salimos del campo de visión de Paolo, pero las tres sabíamos que estábamos siendo observadas.

Tras unos minutos siguiendo carteles de “exit”, logramos salir del aeropuerto y llegar a la zona de recogida en taxi. Nos montamos en uno de ellos y le dijimos la dirección hacia el hotel. Elena se sentó delante, seguramente no querría hablar de ello pero no pudimos evitarlo.

-       La oferta de llevarnos hasta el hotel y enseñarnos la ciudad era muy tentadora, deberías admitirlo. –sugerí.
-       Pero, ¿os habéis vuelto locas? ¿Y si es un chiflado que lo único que quiere es saber dónde nos alojamos y acosarnos? ¿Y si es un asesino en serie o algo de eso? ¿Os habéis parado a pensarlo? – Elena ya estaba a la defensiva. Se lo esperaba.
-       Venga ya, un chico con esa sonrisa y esas ganas de hablar con alguien sólo puede significar que de verdad quería conocerte.
-       Pues si quiere conocerme, me encontrará y he dicho que si lo hace le dejo que me enseñe la ciudad, ¿no? Yo no falto a mi palabra.
-       Pero te gusta, ¿verdad? – intervino Bea con la duda que teníamos las dos.
-       Definitivamente os habéis vuelto locas.
-       Venga hombre, ¿has visto sus ojos? Si casi decían vente conmigo y te hago pasar las dos mejores semanas de tu vida.
-       Sí, eran bonitos. Muy bonitos… Pero eso no quiere decir nada.
-       Te has quedado muda cuando le has mirado antes de que dijeses lo de la maleta. Vamos, admítelo. A nosotras no puedes mentirnos. Te gusta.
-       Bueno, y si es así, ¿qué? No voy a volver a verle. Y fin de la conversación.

El resto del camino lo pasamos calladas, mirándonos las unas a las otras pero sin decir absolutamente nada. Nosotras sabíamos que Elena había tenido una muy buena primera toma de contacto con un chico muy guapo pero, en una cosa sí tenía razón: no sabíamos absolutamente nada de él. Las cosas muchas veces nos han llevado a darnos cuenta de que no puedes fiarte ni de tu propia sombra, por eso no insistimos más en ello y dejamos que nuestro taxi nos dejara en la puerta del hotel en el que pasaríamos las próximas dos semanas, tranquilas y sin percances, o eso creíamos.