Tranvía de vuelta al hotel.
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Tengo
los pies destrozados. ¿Alguien puede explicarme por qué nos hemos pegado esta
paliza el primer día? – dijo Elena mientras se masajeaba los gemelos.
-
Hay
que reconocer que se nos ha ido de las manos. Hemos ido enlazando una cosa con
otra y al final se nos ha hecho de noche. –resolvió Bea.
-
Yo
me lo he pasado estupendamente, eso sí, hoy de fiesta nada. Eso ya mañana. –
dije muy convencida.
-
No,
no, no. Yo meto los pies en agua fría y se me
pasa. Hoy salimos. – respondió Elena mientras la mirábamos sorprendidas.
-
No
lo estarás diciendo en serio, ¿verdad? Podemos salir mañana o pasado, tenemos
dos semanas.
-
Bueno,
me has convencido un poco, pero sólo porque sé que este dolor de pies no se me
va a pasar con agua fría. Eso sí, mañana más tranquilitas y salimos por la
noche.
No costó
mucho convencerla. La verdad es que estábamos agotadas.
Después de
salir del hotel al medio día, decidimos
pasar por un punto de información para ver qué podíamos visitar, lo que necesitábamos
de transporte para movernos por la ciudad y restaurantes, centros comerciales y
zonas por las que salir por la noche.
Cuando
llegamos, nos atendió una recepcionista guapísima pero algo lenta y casi no nos
entendíamos, porque ella no sabía castellano y nuestra pronunciación en inglés
tampoco es que sea perfecta. Al fin conseguimos que nos dijese varios sitios
para visitar. La puerta de Brandemburgo, el monumento al holocausto, el muro de
Berlín, el museo egipcio, la Catedral y el parlamento alemán eran las cosas que
no podíamos perdernos, pero para la mayoría necesitábamos cita previa o ir con
mucho tiempo.
Cuando nos
despedimos de la recepcionista, decidimos que iríamos a comer al centro de la
ciudad y ahí decidíamos qué visitar por la tarde.
Encontramos
un restaurante muy rústico y pensamos que para empezar no estaba mal. Nos
pedimos las tres una cerveza típica alemana y un revuelto de huevos con patatas
panaderas. Estaba todo increíblemente bueno. Eso sí, nunca nos hubiésemos imaginado
que las jarras de bebida eran tan grandes. Durante la comida, entre risas y más
risas, propusimos ir a visitar el museo egipcio (porque me hacía especial ilusión),
un poco del muro de Berlín y la puerta de Brandemburgo de noche, que tiene que
ser preciosa.
Al salir del
restaurante, comprendimos por qué todo era tan grande y es que barato,
precisamente, no era. A lo mejor hubiera sido mejor idea comer en el hotel y
las cenas fuera, que son más ligeras, pero sino nos partía todo el día.
Conseguimos,
tras mucho preguntar y que casi nadie supiese de qué le estábamos hablando,
coger un autobús que nos dejó cerca del museo egipcio. Es una maravilla y tenían
una réplica exacta del busto de la reina Nefertiti. La verdad es que tenía
muchas ganas de verlo y me ha encantado. Llevábamos un aparato que nos iba
contando la historia de cada estatuilla y así se nos pasó el tiempo. Cuando nos
quisimos dar cuenta era muy tarde pero ya que habíamos acordado ir a más
sitios, no íbamos a romper nuestro plan el primer día.
Cuando
salimos del museo fuimos camino a ver el muro de Berlín. Sabíamos que era largo
pero con lo sorprendentes y muy duras que eran algunas pinturas que en él
estaban, se nos hicieron muy cortos los dos o tres kilómetros que recorrimos. Había
pinturas que reflejaban claramente el dolor de las personas que se encontraron
con esa época, familias separadas por una pared y millones de prejuicios. Otras
se tornaban más alegres, en busca de la libertad que no tenían. Fue una
experiencia única.
Tras esto, sólo
nos quedaba la majestuosa puerta de Brandemburgo. Preciosa y enorme, no sabíamos
cómo sería de día pero de noche, todo lo que tenía de bonita, lo tenía de
temible. La historia ha dejado mucha huella también en los monumentos, no sólo
en los recuerdos de las personas.
Después,
estuvimos largo rato buscando dónde coger un autobús o un tranvía que nos
dejase cerca del hotel pero nadie sabía nada. Unas personas nos mandaban a un
sitio, al llegar nos conducían a otro, y así siguieron hasta que decidimos que
no podíamos más. Cuando estábamos sentadas en un banco, a punto de ir nosotras
mismas a buscar el hotel, apareció una chica, que de algo nos era familiar. ¡Era
la recepcionista del punto de información! Había cambiado de ropa y seguramente
se iría a su casa pero a nosotras nos salvó porque, justo a tiempo de que se
nos escapase, nos dijo dónde coger el tranvía de vuelta.

¿Y el chico del aeropuerto?¿cuando aparece? porque a mi ya me ha enamorado :$ jajaja
ResponderEliminarUn chico así enamora a cualquiera =) El encuentro fue extraño pero quién sabe si habrá un reencuentro o dónde o cuándo ;)
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