Cinco años atrás. Otoño.
-
Mamá,
ya he llegado. ¿Hay alguien? – dije al llegar a casa.
-
Sí
cariño, estoy aquí, en el salón.
-
¿Y
papá? ¿No está? Qué raro, me pareció haber visto su coche antes.
-
No,
ha ido a trabajar. Siéntate, quiero comentarte algo. – dijo mi madre en un tono
algo serio.
Nunca
me ha gustado la expresión seria de mi madre. Normalmente suele estar bastante
feliz, metida en su trabajo y en la cocina los ratos que tiene tiempo, pero
siempre con una sonrisa dibujada en la cara.
-
No
sé cómo empezar a contarte esto. No es fácil para mí.
-
Mamá,
si es algo tan serio quizá deberías contármelo sin tantos rodeos. Me estás
empezando a preocupar.
-
Tienes
razón. Quizá sea lo mejor. Lo primero que quiero que sepas es que quiero a tu
padre, estoy muy enamorada de él y es el hombre de mi vida, pero hace unos
meses hacía cosas que no me gustaban demasiado. Salidas fuera de hora. Pagos
que no tenían razón de ser. Viajes inesperados. Y decidí averiguar qué es lo
que pasaba para que pasasen todas esas cosas y, como tu padre no me contaba
nada, contraté a un detective privado.
-
¿¡Que
hiciste qué!? – si ya de por sí lo de mi padre me había sorprendido, las
medidas de mi madre me dejaron estupefacta.
-
No
me quedó más remedio. Él no me contaba nada y yo necesitaba saberlo.
-
No
me parece la manera más acertada meterte así en la vida de alguien aunque sea
tu marido.
-
Aún
eres joven, sólo tienes 18 años. Pero ya me comprenderás y acerté de lleno. Tu
padre me engañaba... Tenía otra familia.
Algo
dentro de mí, al escuchar las palabras de mi madre se rompió. ¿Otra familia?
Pero eso no es posible, si éramos felices los tres juntos. Tenía que haber un
error, eso no podía estar pasándome a mí. Tiene que ser una broma, una
pesadilla o algo. ¿Dónde está la cámara oculta? Esto no tiene ninguna gracia.
No podía creer lo que acababa de oír. Con la misma cara de incredulidad con la
que me había quedado al oír las palabras de mi madre, me levanté, cogí el
jersey que había dejado antes en la entrada de la casa y me dirigí hacia la
puerta.
-
Cariño,
¿dónde vas? Hace frío. Por favor, vuelve. Te necesito. – decía mi madre entre
lágrimas.
-
Tengo
que salir a dar una vuelta. Entiende que es difícil. Te quiero mamá.
-
Vuelve
pronto, por favor. Yo también te quiero, cielo.
Entiendo
que mi madre lo pase mal. Es su marido, el padre de su hija y la persona con la
que lo ha compartido todo en muchísimos años. ¿Cuántos años llevan casados?
¿Veinte? Es posible. Veinte años casados y resulta que todo es una farsa, una
mentira que ha ido tejiendo poco a poco. Y en este momento me asaltan mil
dudas. ¿Su otra familia sabrá de nosotros? ¿Tendré algún hermano? Bueno,
hermanastro. ¿Cómo se le ocurrió hacernos esto a mi madre y a mí?
En
ese momento empecé a atar cabos. Las navidades que pasábamos solas en casa mi
madre y yo porque él “trabajaba hasta tarde”, las discusiones antes de dormir
mientras yo subía la música de mis cascos para no escucharles. Siempre pensé
que sería cosa de una recaída, a mi padre nunca se le dio bien decir que no a
sus amigos si le invitaban a tomar algo en el bar de siempre. Ahora sé que ese
no era el factor principal.
Decidí
dar un paseo por la vereda del río que pasa cerca de casa. Hacía frío pero la
brisa me vendría bien. Era tarde y al ser invierno anochece más temprano. Es un
sitio bonito, pero tan oscuro da un poco de miedo y no se sabe nunca lo que te
puedes encontrar.
En
realidad no sé si quería estar sola, simplemente necesitaba pensar y asimilar
todo lo que acababa de caerme encima como una losa muy pesada.
En
ese mismo instante decidí que debía volver a casa. Cuando entré en ella y vi a
mi madre llorando desconsoladamente y a mi padre con dos maletas en las manos,
noté que no era el momento de hablar nada, pero no pude remediarlo. Me limité a
expulsar todo lo que pensaba de él y de su otra familia por la boca, gritando
como nunca me habían oído. Él me miraba atónito. ¿Su hija estaba gritándole de
esa manera? No lo iba a consentir y según pronuncié otra palabra, noté chocar
su mano contra mi mejilla con una fuerza tal, que caí al suelo. No podía
creerlo, no podía habérmelo imaginado nunca. Demasiadas emociones. Demasiados
sentimientos. Rencor. Odio. Asco. No quería volver a verle, así que me levanté,
me armé de valor y le eché de nuestra casa. No quería volver a saber nada de él
ni de su vida, y se lo hice notar. Por mucho que pidas perdón, el dolor de la
mejilla mañana se me habría pasado, pero el dolor de saber que mi padre ha sido
capaz de levantarme la mano y darme un bofetón así nunca se me irá. Se ha
quedado grabado en mi corazón, al igual que sus cinco dedos en mi cara.
Según
cerré la puerta, fui consciente de lo que acababa de hacer y mi madre llegó
justo a tiempo para darme un abrazo antes de derrumbarme.
Esa
noche no conseguí dormir. Me acosté junto a mi madre para no dormir solas.
Hacía años que no hacíamos eso y está bien, sentía su calor cerca y el amor de
una madre es algo que no se cambia por nada del mundo.
Esa
fue la noche que decidí que no te puedes fiar de nadie, ni siquiera de tu
propia sombra.

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