domingo, 29 de julio de 2012

Capítulo 8






Días más tarde. Una mañana en el hotel.

     Ya llevábamos en Berlín unos días y lo estábamos pasando de maravilla. Vimos casi todo lo que se podía visitar y estábamos deseando empezar nuestra búsqueda del vestido perfecto para la graduación. En todo lo que llevábamos en Berlín, aún no habíamos ido a un centro comercial y ya era hora de ello. Sólo salíamos por las tardes ya que por las mañanas a Bea le dio una extraña costumbre de levantarse temprano para bajar a la piscina y estar allí toda la mañana. La verdad es que estaba cogiendo color, y eso que aquí el sol tampoco es que ayude a ello.

    Un día, Elena y yo, después de que Bea decidiese seguir con su costumbre, decidimos bajar nosotras también y averiguar por qué a nuestra amiga le habían dado tantas ganas de bajar.

-       Mira, Bea está allí pero, ¿hacia dónde está mirando?

     Y siguiendo la mirada de nuestra amiga, descubrimos que estaba ensimismada mirando al socorrista. No estaba mal el chico pero no era de mi gusto. Mientras le decía a Elena que pasásemos desapercibidas para no avergonzarla, ya era demasiado tarde, Elena iba directa hacia nuestra amiga mientras gritaba su nombre y corría como si hiciese años que no la vemos.

    Bea, al verla venir se le cambió la expresión y empezó a ruborizarse como hacia mucho tiempo.

-       Pero, ¿qué haces aquí sola? Que calladito te lo tenías… ¿Has hablado con él ya? ¿Cómo se llama? – empezó Elena con su ronda de preguntas.
-       ¿Te quieres callar? Al final te va a oír… No sé cómo se llama… - respondió Bea.
-       Pero si llevas días bajando y por lo visto ésta era tu razón. Si te hemos visto desde la puerta que te lo comes con la mirada.
-       Ssssh… Calla... Mirad, es el chico que me ayudó con las maletas el día que vinimos pero no sé cómo acercarme ni qué decirle ni nada, me da muchísima vergüenza así que me quedo aquí, le miro y ya está.
-       No, no, no. Nosotras te vamos a ayudar. Mira, te acercas allí y le dices “hola, eres el socorrista, ¿verdad? Tengo una duda, si me ahogo ¿qué harías?” y antes de que conteste, sonríes y te tiras al agua. – propuso Elena.
-       ¡Para nada! ¿Estás loca? Me moriría de la vergüenza antes de acercarme a él…
-       Bueno, quizá yo tenga una idea mejor. Pero vas a tener que seguirnos el juego, Bea. – propuse.

      Escucharon con atención lo que se me había ocurrido y a ninguna les pareció mala idea así que, nos dirigimos tranquilamente hacia el borde de la piscina, por la parte más profunda. Una vez allí, hacíamos como que estábamos jugando a tirarnos las unas a las otras. Primero fue Elena al agua y fue buceando hacia fuera mientras Bea caía detrás. Justo en ese momento grité “¡Socorro! ¡Que alguien ayude a mi amiga! ¡No sabe nadar!” mientras ella chapoteaba y se hundía como si de verdad se estuviese ahogando. Entonces el socorrista se tiró hacia ella y la sacó del agua. Elena y yo decidimos no entrometernos, ya que después de este teatrillo empezaron a hablar, así que nos fuimos de vuelta a la habitación.

     Ya era casi la hora de comer y aún no sabíamos nada de Bea. Sí que tenían cosas que decirse. El muchacho no parecía saber castellano así que nuestra amiga va a saber más inglés que ninguna.

     Cuando ya nos preparábamos para ir a comer, apareció y decidió que nos lo contaría todo mientras comíamos.

-       Chicas muchas gracias, en serio, me lo he pasado genial y todo gracias a vuestra ocurrencia. Eso sí, eso de que no sepa nadar, me ha costado desmentirlo… - comenzó a explicar Bea.
-       Ya, vale, de nada pero, ¿qué es lo que habéis hablado tanto tiempo? Que nos tienes en ascuas. – Insistió Elena.
-       Pues, para empezar, esta noche tenemos planes. Me ha dicho que podríamos salir de fiesta con él y unos amigos suyos.
-       Uuuh… ese plan me gusta – dijimos Elena y yo casi al unísono – ya era hora de que saliésemos por aquí.
-       Sí. A ver, es alemán y se llama Herman. Bueno, y he quedado con él en la puerta del hotel a las once, esta noche.
-       Bueno, el nombre no es muy bonito que se diga pero no podemos pedir más. – dije, pero aún me quedaba una duda – oye, ¿y no ha pasado nada más? En tanto tiempo, me extraña.
-       Bueno… veréis… esto… yo me iba a ir cuando… bueno… me besó… fue como volver a los quince, estaba feliz.

     Acto seguido nos quedamos quietas mirándola mientras nos echábamos a reír. Nos parecía increíble que a nuestra amiga Bea le diese vergüenza ahora contarnos estas cosas después de tantos años.

    Después de comer decidimos que nos quedaríamos esa tarde arreglándonos en la habitación. Teníamos que estar guapas para nuestra fiesta alemana y nunca se sabe dónde vas a terminar, qué es lo que ocurrirá, ni a quién te puedes encontrar.

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