Once de la noche. Entrada del hotel.
Tres chicos
alemanes esperaban conversando en la puerta de aquel hotel donde trabajaba su
amigo. Él les había prometido que tendrían una buena noche. Ya les había
contado que había conocido a una chica, una clienta del hotel, muy guapa y que
tenía dos amigas iguales que ella. No se entendían demasiado bien pero tampoco
importaba, él ya tenía todo planeado para esa noche y sus amigos le ayudarían
en lo que pudiesen, pero primero tendría que sacar a bailar a sus amigas y
tomar algo.
Mientras los
tres chicos hablaban y se reían, aparecimos nosotras por la puerta. No habíamos
tenido demasiado tiempo para salir de compras pero eso no importaba, ya
habíamos tenido suficiente con la locura de los días antes de irnos de viaje.
La verdad es
que íbamos bastante guapas para una cosa tan normal como salir a tomar algo con
gente que no conocemos de nada pero nos lo había pedido Bea y por ella haríamos
cualquier cosa. Ella iba con un vestido blanco de palabra de honor, ajustado
como un corsé hasta la cintura y luego caía
más abultado algo más arriba de la rodilla. Elena en cambio llevaba unos
pantalones vaqueros bastante cortos y una camisa azul celeste que le quedaba muy
bien con la sombra de ojos a juego. Estaban espectaculares. Yo, por otro lado,
decidí estrenar una falda que me encantó al verla, era muy sencillita, llevaba
una goma en la cintura, el largo caía hasta mitad del muslo y, eso sí, tenía un
color coral precioso, combinada con una camiseta de tirantes blanca metida por
dentro de la falda, no quedaba del todo desentonada con mis amigas.
Al vernos
salir, el socorrista le dio un beso a Bea y nos fue presentando a sus amigos.
Nosotras estábamos pendientes de nuestra amiga, aunque intentase disimularlo,
se moría de la vergüenza. En cambio Elena ya se había puesto a hablar con los
otros dos y yo me quedé a su lado.
Íbamos hacia
un pub cerca del hotel, tampoco queríamos que nos pasase lo de la otra noche y
quedarnos sin forma de volver al hotel. Al entrar, parecía bastante acogedor,
era un pub de espectáculos y esa noche había uno de magia pero aún no había
comenzado. Tenía una zona de sillones donde se podía estar tranquilo hablando y
otra donde estaba la pista de baile con música que no entendíamos pero que al
menos tenía ritmo.
Nos sentamos
todos en uno de los sillones. Pedimos una copa cada uno tras una ronda de
chupitos a los que invitó el nuevo chico de nuestra amiga. Empezamos a reírnos,
seguimos bebiendo y Bea dejó de existir para nosotras, al poco rato dijeron que
se iban a dar un paseo para despejarse y no volvimos a verles.
Elena se
levantó con los otros dos amigos y se fue a la pista de baile, se les caía la
baba con cada movimiento de caderas que
hacía y se iban turnando para bailar con ella. Yo sabía que sólo era un
juego, que no iba a darles nada más que un baile y se me quitaron todas las
dudas cuando apareció otro chico para sacarla a bailar. Los chicos alemanes se
quedaron perplejos mirando cómo aquel chico les quitaba a su bailarina. A mi me
resultaba familiar. Ese pelo castaño, de lejos no se le veía demasiado bien
pero creo que sí, puede ser él. Ha cambiado un poco de forma de vestir desde la
última vez que le vimos, que también fue la primera. Sí, ya no cabía la menor
duda, era el italiano del aeropuerto. ¿Cómo se llamaba? Ah, sí, Paolo.
En ese
momento las luces se atenuaron y empezó a sonar una música más tranquila, ellos
empezaron a bailar. Mi amiga parecía bastante más tranquila que la otra vez. ¿Qué
le habrá dicho para que esté así? Bueno, supuse que luego me lo contaría todo y
entonces caí en la cuenta de que no sabía dónde estaban los otros dos amigos de
Herman. Unos minutos me hicieron falta para averiguar que estaban ligando en la
barra con dos camareras.
Estaba sola,
en un pub de Berlín, sin conocer a nadie y sin nada que hacer. Alguien anunció
que iba a empezar el espectáculo de magia y decidí ir a verlo. Total, no tenía
nada que perder y al menos me mantendría entretenida hasta que mis amigas
volviesen.
-
Señoras
y señores, les presentamos a la maravilla de esta noche. Con su incomparable
espectáculo de magia, les presentamos a un mago que es la sensación en Francia,
su país natal. Un fuerte aplauso para Benjamín Ledoux.
Al salir, me
di cuenta de que algo iba a cambiar esa noche. Era bastante atractivo y cuando
me miró fijamente no pude contener la sonrisa.
Durante todo
el espectáculo estuvo magnífico y al final acabó lanzando la baraja de cartas,
con la que había hecho un par de trucos, al aire. Cayeron todas dentro del
escenario excepto una. Esa carta traviesa que se escapa en el momento más
oportuno y puede cambiar el curso de dos personas sin saberlo. Esa fue la carta
que cayó en mis piernas. Una sota de corazones.
No me parecía
bien quedarme con ella, así que decidí pasar por detrás y buscarle para
dársela. Había dos hombres de seguridad que no me dejaban pasar ni a sol ni a
sombra por aquella puerta.
-
¿Pero
es que no lo entiende? Necesito pasar a darle una carta que se ha perdido en el
espectáculo.
-
NO.
-
¿Es
lo único que sabes decir? Sólo será un momento, es para darle esta carta,
únicamente.
-
NO.
-
¿Qué
es todo este jaleo? – apareció al abrirse la puerta.
-
Esta
chica quiere pasar a darle una carta.
-
Vale,
déjala pasar. No hay problema.
Entonces
entré, pero no era mi intención, sólo era una carta de su baraja, no había más
misterio, pero por alguna razón estaba más tranquila.
-
A
veces son un poco pesados, pero son buena gente. Perdona que no me haya
presentado. Soy Benjamín Ledoux, pero puedes llamarme Ben, lo prefiero.
-
Sí,
he estado en tu espectáculo de magia y por eso estoy aquí, se te ha caído esta
carta en mis piernas y pensé que te haría falta. Perdona que yo no me haya
presentado tampoco. Me llamo Rocío, pero mis amigas me llaman Roc.
-
Bonito
nombre e interesante abreviación. ¿Estás aquí sólo por esa carta?
-
Sí
– contesté bastante avergonzada, a lo mejor tenía otras expectativas.
-
Pues entonces haremos una cosa, déjame la carta.
Se la
entregué y comenzó a escribir algo en ella. Yo no entendía nada, ¿voy a dársela
por si le hace falta para sus espectáculos y se pone a escribir en ella?
-
Toma,
para ti, dedicada. Ahora, ¿aceptarías tomarte algo conmigo en la barra?
Necesito beber algo.
-
Sí,
por supuesto.
Era bastante
simpático, mientras estuvimos allí no paramos de hablar y contarnos cosas sobre
nuestra vida, saber algo más de la persona que acabas de conocer nunca está de
más. Era muy tarde cuando miré el reloj y Bea seguía sin aparecer. Esta
chica últimamente no nos hace otra cosa, y Elena seguía con el italiano
bailando pero ahora ya no era tranquila la música y había vuelto a su jugueteo
pero sólo con él.
-
Creo
que voy a tener que irme, lo siento. Una de mis amigas parece que necesita una
buena cama donde dormir y la otra lleva horas sin aparecer.
-
¿Podré
volver a verte? Estaré unos días aún por aquí.
-
Si
quieres, ven a buscarme mañana al hotel y salimos por ahí. Está a dos manzanas
de aquí, habitación 515.
-
Sí,
creo que sé cuál es.
-
Hasta
pronto.
-
Bonne
nuit.
En ese
momento sentí mucho alejar a Elena de su chico italiano pero debíamos averiguar
dónde estaba Bea y la única opción parecía ser la habitación del hotel. Nos
dirigimos hacia allí sin pensarlo dos veces mientras nos íbamos contando las
respectivas aventuras de la noche. Por lo visto el italiano se había tomado en
serio encontrarla y ella tenía que cumplir su palabra.
Lo que menos
esperábamos ninguna es que el día siguiente sería muy distinto a los
anteriores. Quizá no era mala idea darle un giro al viaje y verlo desde otra
perspectiva. Lo único que nos quedaba claro es que esa noche quedaría en
nuestros recuerdos grabada. Un recuerdo que podía ser el más agradable de todos
o el más espantoso.
