lunes, 5 de noviembre de 2012

Capítulo 19




             Habitación de Rocío

          De vuelta a casa, mientras ponía en orden mi mente y los acontecimientos del día, iba repasando cada uno de ellos. La graduación ha sido maravillosa pero jamás me hubiese imaginado la aparición de ella allí. Mi madre había ido porque Sara le dio la invitación y le dijo que si soñaba con la más mínima esperanza de recuperar a su hija, pensase muy bien si asistir o no. He de admitir que es una amiga estupenda pero decirle eso a una madre cuando lleva sin saber nada de su hija casi cinco años, es muy duro, aunque también era la única forma de que apareciese.

            Me miré en el espejo, mientras me quitaba su recogedor del pelo, y recordaba ese momento en el que la sentí, no me hacía falta darme la vuelta para saber quién había pronunciado ese “¿princesa?”. Es inconfundible y único. No pude evitar llorar al recordar el abrazo que le di inconscientemente. Es mi madre, la persona que me llevó en su vientre durante nueve meses sin queja alguna, que ha aguantado viento y marea por sacar una familia adelante y que yo sea feliz. Todo el mundo comete errores pero creo que llega un momento en el que ya se han pagado todas las faltas que se han cometido y necesitamos volver a la normalidad. ¿De verdad me habrá comprendido? ¿Entenderá por qué lo hice? Y lo que más me atormenta de todo, ¿me perdonará?

            Ella no se quiso quedar al banquete por más que se lo pedí. La verdad es que, por una parte necesitaba que se quedase y hablar con ella pero, por otra, quería pasar mi día como lo había imaginado siempre, con la gente que me ha apoyado todo este tiempo. Aunque también es verdad que ese pensamiento no es justo ya que yo fui quien no le permití estar todo ese tiempo junto a mí.

           Me dijo que se sentía una intrusa allí por no haber sido invitada como es debido y que por ello no se iba a quedar a nada más que a darme la enhorabuena y un abrazo, y eso me hizo sentir tremendamente culpable, pero también matizó que no iba a permitirse perderme otra vez. Esta vez había vuelto a mi vida para quedarse en ella, y con ese pensamiento, quedamos al día siguiente en el café de la esquina de mi casa para merendar. Sigue sin saber dónde vivo pero creo que así es mejor porque, en el fondo, quiero la vida que tengo aunque con ella cerca seguramente se me harán las cosas más fáciles. Menos llantos, menos recuerdos, más complicidad, o eso es lo que espero tener.

              Mientras voy quitándome la ropa de la graduación y cuelgo el vestido en su percha, pienso en lo maravilloso que se ve desde fuera, en el instante en que lo vi y supe que era el mio. Ella también lo sabía, fue lo primero que me dijo: “Que guapa estás hija, te has convertido en toda una mujer”. Estuvieron a punto de saltarse las lágrimas pero conseguí aguantar al menos un poco más. Si es verdad que en todo este tiempo he cambiado mucho, tanto física como psicológicamente. No he vuelto a ser la misma jovencita inocente que se fue de casa sin saber dónde iría y llena de miedos, ahora sí es verdad que me miro al espejo y parezco una mujer segura de sí misma y que se ha tenido que hacer fuerte con los años. Me he convertido en lo que quería ser.

           Tras eso, ya estaba en mi cama, hacía calor así que decidí sólo ponerme una sábana por encima, encender la luz de la mesilla de noche y tumbarme un rato a leer. Sólo quedaba esperar un día y podría tener la conversación que tanto ansiaba desde hace tantos años con mi madre. Solas ella y yo.

               “Your hands fit in mine like it’s made just for me…” Sonó en mi móvil, “Little things” de One Direction. Un mensaje. ¿A estas horas? ¿Quién será? Pero cuando lo leí no lo podía creer. No sabía si quería reír, llorar, huir o seguir siendo fuerte. Sabía perfectamente quién era con ese “Buenas noches, ¿no vas a querer verme? Estoy en Madrid, guapa”. Había llegado el momento de decidir y yo ya había decidido.