Ya llevábamos
en Berlín unos días y lo estábamos pasando de maravilla. Vimos casi todo lo que
se podía visitar y estábamos deseando empezar nuestra búsqueda del vestido
perfecto para la graduación. En todo lo que llevábamos en Berlín, aún no habíamos
ido a un centro comercial y ya era hora de ello. Sólo salíamos por las tardes
ya que por las mañanas a Bea le dio una extraña costumbre de levantarse
temprano para bajar a la piscina y estar allí toda la mañana. La verdad es que
estaba cogiendo color, y eso que aquí el sol tampoco es que ayude a ello.
Un día, Elena
y yo, después de que Bea decidiese seguir con su costumbre, decidimos bajar
nosotras también y averiguar por qué a nuestra amiga le habían dado tantas
ganas de bajar.
-
Mira,
Bea está allí pero, ¿hacia dónde está mirando?
Y siguiendo
la mirada de nuestra amiga, descubrimos que estaba ensimismada mirando al
socorrista. No estaba mal el chico pero no era de mi gusto. Mientras le decía a
Elena que pasásemos desapercibidas para no avergonzarla, ya era demasiado
tarde, Elena iba directa hacia nuestra amiga mientras gritaba su nombre y corría
como si hiciese años que no la vemos.
Bea, al verla
venir se le cambió la expresión y empezó a ruborizarse como hacia mucho tiempo.
-
Pero,
¿qué haces aquí sola? Que calladito te lo tenías… ¿Has hablado con él ya? ¿Cómo
se llama? – empezó Elena con su ronda de preguntas.
-
¿Te
quieres callar? Al final te va a oír… No sé cómo se llama… - respondió Bea.
-
Pero
si llevas días bajando y por lo visto ésta era tu razón. Si te hemos visto
desde la puerta que te lo comes con la mirada.
-
Ssssh…
Calla... Mirad, es el chico que me ayudó con las maletas el día que vinimos
pero no sé cómo acercarme ni qué decirle ni nada, me da muchísima vergüenza así
que me quedo aquí, le miro y ya está.
-
No,
no, no. Nosotras te vamos a ayudar. Mira, te acercas allí y le dices “hola,
eres el socorrista, ¿verdad? Tengo una duda, si me ahogo ¿qué harías?” y antes
de que conteste, sonríes y te tiras al agua. – propuso Elena.
-
¡Para
nada! ¿Estás loca? Me moriría de la vergüenza antes de acercarme a él…
-
Bueno,
quizá yo tenga una idea mejor. Pero vas a tener que seguirnos el juego, Bea. –
propuse.
Escucharon
con atención lo que se me había ocurrido y a ninguna les pareció mala idea así
que, nos dirigimos tranquilamente hacia el borde de la piscina, por la parte más
profunda. Una vez allí, hacíamos como que estábamos jugando a tirarnos las unas
a las otras. Primero fue Elena al agua y fue buceando hacia fuera mientras Bea
caía detrás. Justo en ese momento grité “¡Socorro! ¡Que alguien ayude a mi
amiga! ¡No sabe nadar!” mientras ella chapoteaba y se hundía como si de verdad
se estuviese ahogando. Entonces el socorrista se tiró hacia ella y la sacó del
agua. Elena y yo decidimos no entrometernos, ya que después de este teatrillo
empezaron a hablar, así que nos fuimos de vuelta a la habitación.
Ya era casi
la hora de comer y aún no sabíamos nada de Bea. Sí que tenían cosas que
decirse. El muchacho no parecía saber castellano así que nuestra amiga va a
saber más inglés que ninguna.
Cuando ya nos
preparábamos para ir a comer, apareció y decidió que nos lo contaría todo
mientras comíamos.
-
Chicas
muchas gracias, en serio, me lo he pasado genial y todo gracias a vuestra
ocurrencia. Eso sí, eso de que no sepa nadar, me ha costado desmentirlo… -
comenzó a explicar Bea.
-
Ya,
vale, de nada pero, ¿qué es lo que habéis hablado tanto tiempo? Que nos tienes
en ascuas. – Insistió Elena.
-
Pues,
para empezar, esta noche tenemos planes. Me ha dicho que podríamos salir de
fiesta con él y unos amigos suyos.
-
Uuuh…
ese plan me gusta – dijimos Elena y yo casi al unísono – ya era hora de que
saliésemos por aquí.
-
Sí.
A ver, es alemán y se llama Herman. Bueno, y he quedado con él en la puerta del
hotel a las once, esta noche.
-
Bueno,
el nombre no es muy bonito que se diga pero no podemos pedir más. – dije, pero
aún me quedaba una duda – oye, ¿y no ha pasado nada más? En tanto tiempo, me
extraña.
-
Bueno…
veréis… esto… yo me iba a ir cuando… bueno… me besó… fue como volver a los
quince, estaba feliz.
Acto seguido
nos quedamos quietas mirándola mientras nos echábamos a reír. Nos parecía increíble
que a nuestra amiga Bea le diese vergüenza ahora contarnos estas cosas después
de tantos años.
Después de
comer decidimos que nos quedaríamos esa tarde arreglándonos en la habitación. Teníamos
que estar guapas para nuestra fiesta alemana y nunca se sabe dónde vas a terminar,
qué es lo que ocurrirá, ni a quién te puedes encontrar.




