miércoles, 10 de octubre de 2012

Capítulo 18




              8:30 am. Casa de Rocío.

          Elena y Bea habían llegado hace media hora como un torbellino. Como venían a mi casa para arreglarnos todas juntas, ya de paso las invitaba a desayunar.

        Jorge y Andrea también habían madrugado para ayudarnos, aunque ellos tenían que ir una hora más tarde. Andrea había decidido ducharse antes que todos para no ocupar el baño mientras estuviésemos las tres ahí, por si necesitábamos algo, y Jorge, mientras, preparó café y tostadas. La verdad es que vendría bien, pero con el estado de nervios que tenía, dudaba que pudiese entrar nada en mi estómago esa mañana.

-       Creo que voy a ducharme antes de desayunar y así aprovecho y me relajo un poco. Chicas, si necesitáis empezar a maquillaros o cualquier cosa, mi habitación es toda vuestra – dije con una gran sonrisa y me metí en la ducha.

           Necesitaba tranquilizarme. Acabar con ese hormigueo del estómago que no me deja en paz. El agua caliente siempre suele sentarme bastante bien y, aunque no hacía precisamente frío en esa época del año, el calor destensa los músculos y los deja relajados.

          Estaba feliz, inmensamente feliz. Me imaginaba dentro de unas horas subida a la tarima, con todos mis compañeros y la gente que más quiero allí, viéndome, al fin, conseguir todo aquello por lo que he luchado toda mi vida. Ese pensamiento me hacía sonreír y tener aún más ganas de que llegasen las 12 de la mañana, que es cuando realmente empieza la ceremonia.

           Al salir de la ducha, Jorge me obligó a desayunar antes de entrar en mi habitación. Las chicas se estaban maquillando, sin vestirse con la ropa de la graduación. Habíamos acordado que sería interesante ver las caras de mis dos compañeros de piso cuando saliésemos cada una de la habitación, completamente maquilladas, peinadas y con los vestidos puestos.

          Cuando acabé de tomar la media tostada que pude comer y el café, entré. Elena estaba peinándose y Bea maquillándose frente a mi espejo. Decidí empezar también por el maquillaje ya que para peinarse debíamos ir de una en una y mientras, fuera…

-       ¿A ti Rocío te ha enseñado el vestido suyo? – preguntó Andrea.
-       No, por no enseñarme, no me ha dicho ni el color – respondió Jorge.
-       Mira que se pone misteriosa cuando le da la gana… Bueno, no tardarán demasiado. Son las 9 de la mañana y hasta las 11 no tienen que estar en la facultad, pero saldrán antes de aquí.
-       Nosotros no tenemos que estar hasta las 12, ¿verdad?
-       Exacto.
-       Bueno, yo voy a ir planchando la camisa, que no me quiero perder el momento en el que salgan – dijo Jorge impaciente.
-       Sí, yo creo que debería ir maquillándome y peinándome porque sino luego no me dará tiempo.

          Todos preparábamos ese día como algo especial. Jorge había pedido el día libre en el trabajo y Andrea había llamado diciendo que estaba con gripe y fiebre muy alta para escaquearse también, Sara había llamado a primera hora de la mañana para despertarme y preguntarme si estaba nerviosa y, así, confirmarme que su madre no podría ir a la ceremonia porque no le daban permiso en el trabajo, pero sí al banquete de después. “Me ha dicho que no puede perderse a su otra hija en un momento tan importante y por eso irá a felicitarte y verte más tarde” explicó Sara. En realidad lo que importaba es que estaría, para mí siempre había sido un gran apoyo cuando ocurrió toda la historia de mi familia. Sergio, por su parte, no había dado señales de vida, aunque ya el día antes se había ofrecido a llevarnos a la facultad así que, tendría que llegar dentro de poco ya.

-       ¡Chicos! ¿Estáis listos? – preguntamos desde detrás de la puerta de madera.
-       ¡Por supuesto! E impacientes – respondieron desde el salón Jorge y Andrea.

          En primer lugar salió Bea, que estaba increíble. El vestido era blanco con un cinturón de pedrería roja a la altura de la cintura. Un vestido de palabra de honor, ceñido hasta la altura de la pedrería y caído hasta el corte por encima de la rodilla. Realzaba a la perfección el bronceado que había conseguido ese verano y los zapatos de tacón de aguja rojos, a juego con el bolso de mano, quedaban realmente bien. Había decidido ir con el pelo suelto y que cayese por sus hombros libremente. Estaba espectacular y eso se reflejaba en las caras de mis compañeros.

        A continuación salió Elena. Así vestida hacía justicia a su perfecta figura sin ninguna duda. Ella optó por un vestido largo de tirantes rojo, aunque formado por lo que parecían dos piezas. La parte de arriba simulaba a un corpiño de los utilizados por la aristocracia unas décadas atrás y, la parte de abajo, llegaba hasta el suelo y caía vaporosa alrededor de sus largas piernas pero tenía una abertura en la pierna derecha, hasta la altura del muslo. El blanco de las sandalias y el bolso rompían un poco la monotonía de color del vestido y daban un toque alegre. Ella sí había decidido recogerse el pelo con un moño semi alto y adornado con unas horquillas de rosas rojas.

            Por último, sólo quedaba yo por salir. Cuando aparecí por la puerta, pude ver la cara de incredulidad de mis dos compañeros de piso. “Lógico, nunca me han visto así vestida” pensé. Podrá resultar infantil, pero era un vestido típico de princesa de cuento, aunque algo más modernizado. Por una parte, el corpiño tenía un color azul metalizado muy bonito, con cuello barco y ajustado a la figura hasta las caderas y, la falda, de un azul más claro, caía hasta un poco más abajo de las rodillas y estaba realzada por un cancán por debajo. Yo sí que no rompí la monotonía, los zapatos también eran azules aunque con un dibujo en blanco y el bolso de mano iba a juego con ellos. El pelo, por mi parte, había decidido que tenía que ser especial. Ondulé algunos mechones y recogí todo el pelo con una pinza alargada de pedrería azul. Era de mi madre. Es lo único que conservo de ella a parte de las fotos y me apetecía que, de forma indirecta, estuviese presente en mi día.

          Andrea por poco se echa a llorar pero no debíamos ninguna, habría sido un completo desastre empezar allí ya, y Jorge decidió darme un abrazo como si no volviese a verme nunca más.
Pi, piiii,… Sonaba el claxon de un coche desde la calle.

-       Será Sergio, dijo que nos llevaría él, voy a asomarme. – me dirigí a la terraza y volví a entrar – Sí, es él. Es hora de irse.
-       Bueno chicas, no os pongáis nerviosas y luego os vemos – dijo Andrea, pero en realidad eso nos ponía más nerviosas.
-       Eso, que estáis preciosas… Las tres… - comentó Jorge.

          Bajamos al coche que nos esperaba y el momento en el que Sergio nos vio, fue digno de fotografiarlo. Se quedó con la boca abierta y los ojos como platos. ¿Realmente estábamos tan distintas? No mencionó palabra hasta estar dentro del coche y haber arrancado ya y lo único que fue capaz de salir por su boca fue “estáis espectaculares, de verdad”.

            Al llegar allí, teníamos que ir sentando a los invitados que iban llegando hasta la hora de comienzo de la ceremonia y, después, sentarnos nosotras en los asientos reservados a los alumnos.

          Cuando llegó Sara, iba con un vestido verde pistacho precioso que yo le había visto en alguna ocasión especial. Despampanante, como siempre, pero no se esperaba mi look y mucho menos el recogido. No quiso decirme nada pero lo reconoció, eso seguro.

          A las 12 en punto comenzaron el discurso de bienvenida. Fue una mañana preciosa. Las dos horas de graduación se pasaron en un suspiro. El coro de la facultad cantó una canción, dieron un par de discursos y la entrega de orlas y bandas fue un momento muy hermoso. Cuando se la pusieron a mis compañeros me sentí feliz de poder estar allí, con ellos, pero cuando llegó mi turno, me faltó poco para ponerme a llorar allí mismo. Fue felicidad pero, al mismo tiempo, me faltaba algo más. Ella.

        Al acabar, nos juntamos y salimos de dentro del salón de actos al hall tanto invitados como alumnos juntos. Había tantísima gente que era imposible reconocer a nadie. Por suerte, nosotros salimos todos al mismo tiempo.

           Todo había terminado. Ahora sólo nos quedaba el cáterin de después de la ceremonia. Elena, Bea y yo salíamos espectaculares, orgullosas y, sobre todo, graduadas, de la puerta del salón de actos, cuando escuché algo que me dejó los pelos de punta y me heló la sangre.

-       ¿Princesa?

          Esa voz. Esa tranquilidad y esa agudeza sonora podría descifrarla en cualquier parte del mundo. Una voz tan melodiosa que habría sido capaz de dormir a un elefante si se lo hubiese propuesto, pero en su lugar cantaba canciones de cuna para una pequeña niña.

           Me di la vuelta, con los ojos encharcados pero no podía llorar. ¿Debía ser fuerte una vez más? No, ese día no, en ese momento no iba a resistirme. La vi, allí estaba ella. Su voz. Su olor. Ella.

-       ¿Mamá?

sábado, 6 de octubre de 2012

Capítulo 17




       Madrid. Noche en casa.

       Ya llevábamos unos días de vuelta por la ciudad, pero echábamos mucho de menos Berlín y sus compañías. En realidad, la que más deseaba volver era Elena, era bastante obvio, Paolo le había marcado como nunca podríamos haber imaginado, y menos, teniendo en cuenta su primer tropiezo. En cambio, teníamos una amiga que no quería volver oír hablar de Berlín. La situación que vivió Bea no es recomendable para nadie, la verdad. Al volver, estuvo varios días sin querer salir y sin hablar del viaje. Una tarde, quedamos para ver todas las fotos, pero se excusó diciendo que tenía que arreglar papeleo y limpiar la casa.

       Al final, decidimos no volver a intentar que pasase esa fase, necesitaba olvidar esa parte del verano y era totalmente comprensible.

       Tras pasar esos días, había llegado la noche antes de nuestro momento más importante: el día de nuestra graduación. Sí, en efecto, mañana al despertarnos hemos quedado en mi casa para arreglarnos juntas y salir de aquí vestidas y perfectas.

      Sólo podíamos invitar a cinco personas cada una a la ceremonia pero a mi, aun así, me sobraba una entrada.

        Ellas tenían las cosas bastante claras. Elena invitó a Paolo (deseando que pudiese venir), a sus padres, a su hermano y a su cuñada. Bea, por su parte, también invitó a sus padres, a sus dos mejores amigos de la infancia y a su abuela. En cambio yo, invité a Sara (como era obvio), a mis compañeros de piso, Andrea y Jorge y, por último pero no por ello menos importante, a Sergio.

        Me quedé con una entrada en la mano, sabía perfectamente a quién le pertenecía, pero no tenía fuerzas. Habían pasado tantos años que no creo que hubiese podido hacerlo. Sin duda era la entrada de mi madre. Me iba a doler no tenerla allí mientras me daban el diploma y me colocaban la banda, mientras llorábamos al recordar tantos años en la universidad, mientras leían el discurso de despedida de una etapa y comienzo de otra distinta. Me duele no poder tenerla allí. Pero fue una decisión mía e irrevocable.

         Creo que necesito llamar a las chicas. Bip, bip, bi…

-       ¿Sí?
-       Elena, espera, que voy a hacer una llamada “a tres” y así hablo con vosotras.
-       Vale, ¿te ocurre algo?
-       ¿Hola? –respondió Bea.
-       Hola chicas, estamos las tres al teléfono, necesito hablar con vosotras.
-       ¿Y eso? ¿Qué te pasa?
-       Eso mismo la he preguntado yo hace un momento y aún estoy esperando que me conteste – se impacientó Elena.
-       Tranquilas chicas, no es nada, es sólo el día de mañana – respondí.
-       Sí, la graduación pero… - hizo una pausa, Elena, en su frase – oh, no. Estás pensando en la quinta entrada, ¿verdad?
-       Sí… No puedo evitar pensar que es de ella. Al final he decidido dársela a Sara para que traiga a su madre, que ha sido como una madre para mi pero…
-       Pero no puedes evitar pensar que se la has dado a la madre equivocada – completó Bea.
-       Exacto.
-       Y, ¿por qué no la invitas a ella? Han pasado muchos años de castigo, para una madre ha tenido que ser duro ver cómo te vas sin dejar huella alguna durante tanto tiempo – propuso Elena.
-       No sé si podría verla sin pensar en ese último día o sin reprocharle que le aceptase en casa otra vez.
-       Han pasado años, Roc. Si no lo pruebas, nunca lo sabrás.
-       Bea tiene toda la razón. Si no te enfrentas a eso que piensas que ocurrirá, nunca sabrás si de verdad es así o ha cambiado algo.
-       Sí, tú siempre nos dices que no puedes decidir algo de aquí a un tiempo porque no sabes si mañana estarás igual o habrá cambiado algo. A lo mejor no cambia en cinco años y sí en una noche. Si no pruebas, no lo sabes.
-       Esas son mis palabras Bea, no utilices trapos sucios contra mí… - respondí.
-       No son trapos sucios. Son tus mismos consejos.
-       Sí, deberías aplicártelos de vez en cuando – intervino Elena.
-       Bueno, aun así ya es demasiado tarde para el día de mañana. Pero creo que tenéis razón. Quizá podría mandarle una carta con una foto de la graduación, pero se la daría Sara. No quiero que sepa dónde vivo, por si acaso. Y a raíz de ahí, a lo mejor, podría quedar para tomar café con ella una mañana.
-       Claro que sí – apremió Bea – esa es la actitud. Fortaleza y enfrentamiento a los problemas.
-       Sí, y sino piensa en mi y en la taquicardia que me dará mañana si viene Paolo y se sienta con mis padres, mi hermano y mi cuñada. Mi cara será digna de ser fotografiada en ese instante. – se oyeron risas a lo largo de la línea – Oye, que es verdad, poneos en mi situación.
-       No, no. Si por eso nos reímos, porque nos lo imaginamos – respondí sin poder controlar mi ataque de risa.
-       Eh, imaginaos. “Hola papá, este es mi chico. Le conocí porque me acosó en el aeropuerto y luego nos encontramos casualmente en un pub durante el viaje a Berlín y sí, sólo le conozco de 3 o 4 días” ¿Cómo reaccionaría tu padre? – bromeó Bea.

          Sólo podían ser nuestras ocurrencias. Estuvimos un rato más imaginando los encuentros familiares de cada una y los no familiares mientras, con cada broma, nos surgía otro ataque de risa. Mis amigas habían optado por la risoterapia para superar y olvidar mi problema. Saben que si pienso mucho más en ello iba a ser peor.

        Tras esta curiosa conversación, decidimos que necesitábamos descansar, ya que sino no habría forma de maquillar nuestras ojeras a la mañana siguiente cuando vinieran.

        Ninguna podíamos imaginar cómo iba a ser el día que llegaba a continuación. Más de una sorpresa podríamos llevarnos y, conociendo nuestra suerte, pasaría.