Madrid. Noche en casa.
Ya llevábamos
unos días de vuelta por la ciudad, pero echábamos mucho de menos Berlín y sus
compañías. En realidad, la que más deseaba volver era Elena, era bastante
obvio, Paolo le había marcado como nunca podríamos haber imaginado, y menos,
teniendo en cuenta su primer tropiezo. En cambio, teníamos una amiga que no
quería volver oír hablar de Berlín. La situación que vivió Bea no es recomendable
para nadie, la verdad. Al volver, estuvo varios días sin querer salir y sin
hablar del viaje. Una tarde, quedamos para ver todas las fotos, pero se excusó
diciendo que tenía que arreglar papeleo y limpiar la casa.
Al final,
decidimos no volver a intentar que pasase esa fase, necesitaba olvidar esa
parte del verano y era totalmente comprensible.
Tras pasar esos
días, había llegado la noche antes de nuestro momento más importante: el día de
nuestra graduación. Sí, en efecto, mañana al despertarnos hemos quedado en mi
casa para arreglarnos juntas y salir de aquí vestidas y perfectas.
Sólo podíamos
invitar a cinco personas cada una a la ceremonia pero a mi, aun así, me sobraba
una entrada.
Ellas tenían
las cosas bastante claras. Elena invitó a Paolo (deseando que pudiese venir), a
sus padres, a su hermano y a su cuñada. Bea, por su parte, también invitó a sus
padres, a sus dos mejores amigos de la infancia y a su abuela. En cambio yo,
invité a Sara (como era obvio), a mis compañeros de piso, Andrea y Jorge y, por
último pero no por ello menos importante, a Sergio.
Me quedé con
una entrada en la mano, sabía perfectamente a quién le pertenecía, pero no tenía
fuerzas. Habían pasado tantos años que no creo que hubiese podido hacerlo. Sin
duda era la entrada de mi madre. Me iba a doler no tenerla allí mientras me
daban el diploma y me colocaban la banda, mientras llorábamos al recordar
tantos años en la universidad, mientras leían el discurso de despedida de una
etapa y comienzo de otra distinta. Me duele no poder tenerla allí. Pero fue una
decisión mía e irrevocable.
Creo que
necesito llamar a las chicas. Bip, bip, bi…
-
¿Sí?
-
Elena,
espera, que voy a hacer una llamada “a tres” y así hablo con vosotras.
-
Vale,
¿te ocurre algo?
-
¿Hola?
–respondió Bea.
-
Hola
chicas, estamos las tres al teléfono, necesito hablar con vosotras.
-
¿Y
eso? ¿Qué te pasa?
-
Eso
mismo la he preguntado yo hace un momento y aún estoy esperando que me conteste
– se impacientó Elena.
-
Tranquilas
chicas, no es nada, es sólo el día de mañana – respondí.
-
Sí,
la graduación pero… - hizo una pausa, Elena, en su frase – oh, no. Estás
pensando en la quinta entrada, ¿verdad?
-
Sí…
No puedo evitar pensar que es de ella. Al final he decidido dársela a Sara para
que traiga a su madre, que ha sido como una madre para mi pero…
-
Pero
no puedes evitar pensar que se la has dado a la madre equivocada – completó Bea.
-
Exacto.
-
Y,
¿por qué no la invitas a ella? Han pasado muchos años de castigo, para una
madre ha tenido que ser duro ver cómo te vas sin dejar huella alguna durante
tanto tiempo – propuso Elena.
-
No
sé si podría verla sin pensar en ese último día o sin reprocharle que le
aceptase en casa otra vez.
-
Han
pasado años, Roc. Si no lo pruebas, nunca lo sabrás.
-
Bea
tiene toda la razón. Si no te enfrentas a eso que piensas que ocurrirá, nunca
sabrás si de verdad es así o ha cambiado algo.
-
Sí,
tú siempre nos dices que no puedes decidir algo de aquí a un tiempo porque no
sabes si mañana estarás igual o habrá cambiado algo. A lo mejor no cambia en
cinco años y sí en una noche. Si no pruebas, no lo sabes.
-
Esas
son mis palabras Bea, no utilices trapos sucios contra mí… - respondí.
-
No
son trapos sucios. Son tus mismos consejos.
-
Sí,
deberías aplicártelos de vez en cuando – intervino Elena.
-
Bueno,
aun así ya es demasiado tarde para el día de mañana. Pero creo que tenéis razón.
Quizá podría mandarle una carta con una foto de la graduación, pero se la daría
Sara. No quiero que sepa dónde vivo, por si acaso. Y a raíz de ahí, a lo mejor,
podría quedar para tomar café con ella una mañana.
-
Claro
que sí – apremió Bea – esa es la actitud. Fortaleza y enfrentamiento a los
problemas.
-
Sí,
y sino piensa en mi y en la taquicardia que me dará mañana si viene Paolo y se
sienta con mis padres, mi hermano y mi cuñada. Mi cara será digna de ser
fotografiada en ese instante. – se oyeron risas a lo largo de la línea – Oye,
que es verdad, poneos en mi situación.
-
No,
no. Si por eso nos reímos, porque nos lo imaginamos – respondí sin poder
controlar mi ataque de risa.
-
Eh,
imaginaos. “Hola papá, este es mi chico. Le conocí porque me acosó en el
aeropuerto y luego nos encontramos casualmente en un pub durante el viaje a
Berlín y sí, sólo le conozco de 3 o 4 días” ¿Cómo reaccionaría tu padre? –
bromeó Bea.
Sólo podían
ser nuestras ocurrencias. Estuvimos un rato más imaginando los encuentros
familiares de cada una y los no familiares mientras, con cada broma, nos surgía
otro ataque de risa. Mis amigas habían optado por la risoterapia para superar y
olvidar mi problema. Saben que si pienso mucho más en ello iba a ser peor.
Tras esta curiosa
conversación, decidimos que necesitábamos descansar, ya que sino no habría
forma de maquillar nuestras ojeras a la mañana siguiente cuando vinieran.
Ninguna podíamos
imaginar cómo iba a ser el día que llegaba a continuación. Más de una sorpresa
podríamos llevarnos y, conociendo nuestra suerte, pasaría.

No hay comentarios:
Publicar un comentario