sábado, 6 de octubre de 2012

Capítulo 17




       Madrid. Noche en casa.

       Ya llevábamos unos días de vuelta por la ciudad, pero echábamos mucho de menos Berlín y sus compañías. En realidad, la que más deseaba volver era Elena, era bastante obvio, Paolo le había marcado como nunca podríamos haber imaginado, y menos, teniendo en cuenta su primer tropiezo. En cambio, teníamos una amiga que no quería volver oír hablar de Berlín. La situación que vivió Bea no es recomendable para nadie, la verdad. Al volver, estuvo varios días sin querer salir y sin hablar del viaje. Una tarde, quedamos para ver todas las fotos, pero se excusó diciendo que tenía que arreglar papeleo y limpiar la casa.

       Al final, decidimos no volver a intentar que pasase esa fase, necesitaba olvidar esa parte del verano y era totalmente comprensible.

       Tras pasar esos días, había llegado la noche antes de nuestro momento más importante: el día de nuestra graduación. Sí, en efecto, mañana al despertarnos hemos quedado en mi casa para arreglarnos juntas y salir de aquí vestidas y perfectas.

      Sólo podíamos invitar a cinco personas cada una a la ceremonia pero a mi, aun así, me sobraba una entrada.

        Ellas tenían las cosas bastante claras. Elena invitó a Paolo (deseando que pudiese venir), a sus padres, a su hermano y a su cuñada. Bea, por su parte, también invitó a sus padres, a sus dos mejores amigos de la infancia y a su abuela. En cambio yo, invité a Sara (como era obvio), a mis compañeros de piso, Andrea y Jorge y, por último pero no por ello menos importante, a Sergio.

        Me quedé con una entrada en la mano, sabía perfectamente a quién le pertenecía, pero no tenía fuerzas. Habían pasado tantos años que no creo que hubiese podido hacerlo. Sin duda era la entrada de mi madre. Me iba a doler no tenerla allí mientras me daban el diploma y me colocaban la banda, mientras llorábamos al recordar tantos años en la universidad, mientras leían el discurso de despedida de una etapa y comienzo de otra distinta. Me duele no poder tenerla allí. Pero fue una decisión mía e irrevocable.

         Creo que necesito llamar a las chicas. Bip, bip, bi…

-       ¿Sí?
-       Elena, espera, que voy a hacer una llamada “a tres” y así hablo con vosotras.
-       Vale, ¿te ocurre algo?
-       ¿Hola? –respondió Bea.
-       Hola chicas, estamos las tres al teléfono, necesito hablar con vosotras.
-       ¿Y eso? ¿Qué te pasa?
-       Eso mismo la he preguntado yo hace un momento y aún estoy esperando que me conteste – se impacientó Elena.
-       Tranquilas chicas, no es nada, es sólo el día de mañana – respondí.
-       Sí, la graduación pero… - hizo una pausa, Elena, en su frase – oh, no. Estás pensando en la quinta entrada, ¿verdad?
-       Sí… No puedo evitar pensar que es de ella. Al final he decidido dársela a Sara para que traiga a su madre, que ha sido como una madre para mi pero…
-       Pero no puedes evitar pensar que se la has dado a la madre equivocada – completó Bea.
-       Exacto.
-       Y, ¿por qué no la invitas a ella? Han pasado muchos años de castigo, para una madre ha tenido que ser duro ver cómo te vas sin dejar huella alguna durante tanto tiempo – propuso Elena.
-       No sé si podría verla sin pensar en ese último día o sin reprocharle que le aceptase en casa otra vez.
-       Han pasado años, Roc. Si no lo pruebas, nunca lo sabrás.
-       Bea tiene toda la razón. Si no te enfrentas a eso que piensas que ocurrirá, nunca sabrás si de verdad es así o ha cambiado algo.
-       Sí, tú siempre nos dices que no puedes decidir algo de aquí a un tiempo porque no sabes si mañana estarás igual o habrá cambiado algo. A lo mejor no cambia en cinco años y sí en una noche. Si no pruebas, no lo sabes.
-       Esas son mis palabras Bea, no utilices trapos sucios contra mí… - respondí.
-       No son trapos sucios. Son tus mismos consejos.
-       Sí, deberías aplicártelos de vez en cuando – intervino Elena.
-       Bueno, aun así ya es demasiado tarde para el día de mañana. Pero creo que tenéis razón. Quizá podría mandarle una carta con una foto de la graduación, pero se la daría Sara. No quiero que sepa dónde vivo, por si acaso. Y a raíz de ahí, a lo mejor, podría quedar para tomar café con ella una mañana.
-       Claro que sí – apremió Bea – esa es la actitud. Fortaleza y enfrentamiento a los problemas.
-       Sí, y sino piensa en mi y en la taquicardia que me dará mañana si viene Paolo y se sienta con mis padres, mi hermano y mi cuñada. Mi cara será digna de ser fotografiada en ese instante. – se oyeron risas a lo largo de la línea – Oye, que es verdad, poneos en mi situación.
-       No, no. Si por eso nos reímos, porque nos lo imaginamos – respondí sin poder controlar mi ataque de risa.
-       Eh, imaginaos. “Hola papá, este es mi chico. Le conocí porque me acosó en el aeropuerto y luego nos encontramos casualmente en un pub durante el viaje a Berlín y sí, sólo le conozco de 3 o 4 días” ¿Cómo reaccionaría tu padre? – bromeó Bea.

          Sólo podían ser nuestras ocurrencias. Estuvimos un rato más imaginando los encuentros familiares de cada una y los no familiares mientras, con cada broma, nos surgía otro ataque de risa. Mis amigas habían optado por la risoterapia para superar y olvidar mi problema. Saben que si pienso mucho más en ello iba a ser peor.

        Tras esta curiosa conversación, decidimos que necesitábamos descansar, ya que sino no habría forma de maquillar nuestras ojeras a la mañana siguiente cuando vinieran.

        Ninguna podíamos imaginar cómo iba a ser el día que llegaba a continuación. Más de una sorpresa podríamos llevarnos y, conociendo nuestra suerte, pasaría.

No hay comentarios:

Publicar un comentario