Habitación de Rocío
De
vuelta a casa, mientras ponía en orden mi mente y los acontecimientos del día,
iba repasando cada uno de ellos. La graduación ha sido maravillosa pero jamás
me hubiese imaginado la aparición de ella allí. Mi madre había ido porque Sara
le dio la invitación y le dijo que si soñaba con la más mínima esperanza de
recuperar a su hija, pensase muy bien si asistir o no. He de admitir que es una
amiga estupenda pero decirle eso a una madre cuando lleva sin saber nada de su
hija casi cinco años, es muy duro, aunque también era la única forma de que
apareciese.
Me
miré en el espejo, mientras me quitaba su recogedor del pelo, y recordaba ese
momento en el que la sentí, no me hacía falta darme la vuelta para saber quién
había pronunciado ese “¿princesa?”. Es inconfundible y único. No pude evitar
llorar al recordar el abrazo que le di inconscientemente. Es mi madre, la
persona que me llevó en su vientre durante nueve meses sin queja alguna, que ha
aguantado viento y marea por sacar una familia adelante y que yo sea feliz.
Todo el mundo comete errores pero creo que llega un momento en el que ya se han
pagado todas las faltas que se han cometido y necesitamos volver a la
normalidad. ¿De verdad me habrá comprendido? ¿Entenderá por qué lo hice? Y lo
que más me atormenta de todo, ¿me perdonará?
Ella
no se quiso quedar al banquete por más que se lo pedí. La verdad es que, por
una parte necesitaba que se quedase y hablar con ella pero, por otra, quería
pasar mi día como lo había imaginado siempre, con la gente que me ha apoyado
todo este tiempo. Aunque también es verdad que ese pensamiento no es justo ya
que yo fui quien no le permití estar todo ese tiempo junto a mí.
Me
dijo que se sentía una intrusa allí por no haber sido invitada como es debido y
que por ello no se iba a quedar a nada más que a darme la enhorabuena y un
abrazo, y eso me hizo sentir tremendamente culpable, pero también matizó que no
iba a permitirse perderme otra vez. Esta vez había vuelto a mi vida para
quedarse en ella, y con ese pensamiento, quedamos al día siguiente en el café
de la esquina de mi casa para merendar. Sigue sin saber dónde vivo pero creo
que así es mejor porque, en el fondo, quiero la vida que tengo aunque con ella
cerca seguramente se me harán las cosas más fáciles. Menos llantos, menos
recuerdos, más complicidad, o eso es lo que espero tener.
Mientras
voy quitándome la ropa de la graduación y cuelgo el vestido en su percha,
pienso en lo maravilloso que se ve desde fuera, en el instante en que lo vi y
supe que era el mio. Ella también lo sabía, fue lo primero que me dijo: “Que
guapa estás hija, te has convertido en toda una mujer”. Estuvieron a punto de
saltarse las lágrimas pero conseguí aguantar al menos un poco más. Si es verdad
que en todo este tiempo he cambiado mucho, tanto física como psicológicamente. No
he vuelto a ser la misma jovencita inocente que se fue de casa sin saber dónde
iría y llena de miedos, ahora sí es verdad que me miro al espejo y parezco una
mujer segura de sí misma y que se ha tenido que hacer fuerte con los años. Me
he convertido en lo que quería ser.
Tras
eso, ya estaba en mi cama, hacía calor así que decidí sólo ponerme una sábana
por encima, encender la luz de la mesilla de noche y tumbarme un rato a leer. Sólo
quedaba esperar un día y podría tener la conversación que tanto ansiaba desde
hace tantos años con mi madre. Solas ella y yo.
“Your hands
fit in mine like it’s made just for me…” Sonó
en mi móvil, “Little things” de One Direction. Un mensaje. ¿A estas horas? ¿Quién
será? Pero cuando lo leí no lo podía creer. No sabía si quería reír, llorar,
huir o seguir siendo fuerte. Sabía perfectamente quién era con ese “Buenas
noches, ¿no vas a querer verme? Estoy en Madrid, guapa”. Había llegado el
momento de decidir y yo ya había decidido.

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