Hotel de Berlín.
El
hotel era altísimo y tenía una fachada peculiar. Estaba hecha de un ladrillo a
dos colores que entonaban bastante bien con el mármol color gris de la entrada
y las puertas metalizadas. Hay que reconocer que nuestro agente de viajes no
tiene mal gusto para llevar a tres chicas a otra ciudad.
Cuando
entramos a la sala principal, vimos una mesa de recepción del mismo mármol gris,
adornada con flores artificiales, y nos acercamos allí. Había un chico rubio,
alto y muy delgado. Típico prototipo alemán. No era guapo, para nada, pero al
menos esperamos entenderle y que sepamos ir a nuestra habitación.
-
¿Qué
idioma hablan, señoritas? – preguntó en un perfecto inglés.
-
Español
– respondí.
-
Perfecto.
Buenos días, ¿tienen el nombre de la reserva? – contestó el recepcionista, para
nuestra sorpresa, en español.
-
Sí,
espere. ¿Chicas quién llevaba los sobres? – pregunté.
-
Creo
que yo, espera que lo miro. – contestó Bea – sí, aquí tiene.
-
De
acuerdo. Voy a buscar su reserva en el ordenador. Una habitación para tres, con
camas individuales, si no me equivoco.
-
Sí,
es esa.
-
Vale,
pues estas son sus llaves. Habitación 515, quinto piso, el pasillo de la
derecha. Pueden subir por esos ascensores de allí – dijo mientras señalaba dos
puertas metálicas al final de un pasillo.
-
Muchas
gracias.
Una vez nos
despedimos del recepcionista, nos dirigimos a los ascensores. Llamamos a los dos.
Llega el de la izquierda.
-
Uff…
son muy pequeños. Subimos cada una en uno mejor. – dijo Bea.
-
Vale.
¡Yo primera! Que así me quedo la mejor cama. – gritó Elena metiéndose en el
ascensor y cerrando la puerta.
-
Está
loca –concluimos Bea y yo.
Llamamos al otro ascensor, que llegó
en muy poco tiempo.
-
¿Prefieres
subir tú antes? – sugerí.
-
No,
no. A mi me da igual. Sube tú y aguanta sus primeros gritos de alegría. – dijo Bea
entre risas.
Cuando llegué
a la habitación, en efecto, Elena estaba demasiado contenta. Había corrido las
cortinas para que entrase más luz, y ya tenía muchas cosas sacadas de su maleta.
Lo que no sé es cómo le dio tiempo a tanto en tan poco rato.
Estaba
indecisa entre las dos camas que quedaban. Prefería esperar a que llegase Bea
pero al final me decanté por la más cercana a la ventana. Aunque por las
mañanas entra mucha luz, prefiero estar cerca y ver las noches desde ahí. Después
comencé a sacar las cosas de la maleta. Neceser del baño, ropa, cargador, etc.
Y cuando ya casi había terminado, me di cuenta de una cosa.
-
Oye,
¿Y Bea? Hace más de media hora que no sabemos nada de ella. – dije preocupada.
-
Es
verdad. Es demasiado tiempo para que no haya llegado ningún ascensor.
Me dirigía hacia
la puerta de la habitación ya cuando ésta se abrió.
-
¡Bea!
Menudo susto. Ya íbamos a ir a buscarte. ¿Dónde estabas?
-
Esto…
yo… el ascensor se estropeó y tuve que subir por las escaleras… - contestó ella
no muy convencida.
-
¿En
serio? ¿Cinco pisos con esa maleta a cuestas y no tienes ni una gota de sudor? –preguntó
Elena pícara.
-
Bueno…
Es que me han ayudado a subir la maleta.
-
¿A
sí? ¿Quién? ¿El recepcionista feucho? –Elena cuando se pone puede ser cruel.
-
No.
Un chico más guapo. –respondió tímida Bea mientras se sonrojaba ligeramente.
-
¿Y
quién es? ¿Tiene una habitación? ¿Es personal del hotel? Es que no nos cuentas
nada – Elena parecía una ametralladora. Ni la Santa Inquisición era como ella
en esos momentos.
-
Bueno,
vamos a dejarla respirar, que a ti antes tampoco te hemos hecho mil preguntas
sobre Paolo – defendí recalcando el
nombre del chico del aeropuerto.
-
Gracias
Roc. No, no sé si es personal del hotel, si se aloja aquí, si viene de visita. Nada.
No sé nada de él. Sólo que es muy guapo y que debe ser alemán porque lo hablaba
muy bien. Ya está.
-
Bueno,
piensa que al menos al haberle visto aquí dentro puedes coincidir de forma
accidental más veces con él. –reforcé a mi amiga.
-
Sí,
no como el italiano, que no sé si volveré a saber de él. – recordó Elena.
-
¡No
os quejéis! Sólo llevamos unas horas en este país y en esta ciudad y ya habéis
ligado cada una con uno y quién sabe, a lo mejor conociendo el centro te
vuelves a encontrar con Paolo y tú aquí con el alemán –apunté a mis dos amigas.
Tenía yo razón,
así que mis amigas se limitaron a asentir y mirar para otro lado. Bea aún tenía
que deshacer su maleta y Elena se tumbó en su cama a descansar un poco con los
cascos puestos. No parecía tener sueño pero estar tumbada siempre viene bien.
Yo, en
cambio, me asomé al pequeño balcón que daba a la calle. Nunca me han gustado
las alturas pero era tan hermoso ver aquello. Estaba por encima de los árboles
y las vistas no eran algo espléndido, pero no estaban mal. Aquella ciudad no
era ni parecida a la que habían dejado en España. Allí la gente no coge el
coche, van en tranvía o en bicicleta y, si se encuentran con un cruce mal
señalizado o algo parecido, se ceden el paso unos a otros. Son muy corteses y
muy silenciosos, aún no he oído un ruido más alto que otro. Aunque claro, habrá
que ver cómo es la vida nocturna también allí. No contamos con tanta fiesta
como en España pero tampoco queremos quedarnos todas las noches en casa.
-
Bueno
chicas, ya he terminado con mi maleta también. ¿Os parece si nos vamos a informarnos
sobre qué podemos ver por aquí? Seguro que hay un punto de información por aquí
cerca. – sugirió Bea desde dentro de la habitación.
-
Sin
duda, que no sé vosotras pero también necesitaremos comer algo. A mi el desayuno
ya me ha debido de digerir varias veces y mi estómago pide comida a gritos –dijo
Elena después de coger su bolso y sus llaves.
Tenían razón.
Yo también tenía hambre y había que estrenar el estómago de comida típica
alemana a la vez que informarse de qué haríamos después del restaurante porque
durante unas semanas nos olvidaremos de la siesta. Había que aprovechar el
tiempo y aún no sabíamos lo cierto que iba a ser eso.

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