jueves, 12 de julio de 2012

Capítulo 4



Una vez aterrizadas en el aeropuerto Tegel de Berlín.

-       Bueno chicas, ya estamos aquí, por fin. –dijo Bea.
-       Sí y, ¿sabéis de lo que me acabo de dar cuenta? – preguntó Elena.
-       ¿De qué?
-       Pues de que vamos a tener que poner en práctica todo el inglés que aprendimos en la carrera en dos semanas.
-       Uff… pues no había caído en ello. Con lo mal que se me da, seguro que al final acaban riéndose de mi. – dije.

Salíamos ya de nuestro avión, por una pasarela que llevaba hacia tierra firme. Era estrecha pero al menos inspiraba seguridad, y el aeropuerto no era tan grande como para perderse. Ya aprendimos la lección en Madrid.

Tras salir de la pasarela, era una ruta fácil. Sólo debíamos ir a recoger las maletas a la cinta por la que se supone debían salir y luego dirigir nuestras miradas hacia todos los carteles donde ponga “exit” y así llegar a pedir un taxi.

     Una vez llegados a la cinta de las maletas, esperamos a que saliesen las nuestras. Primero salió la de Bea, que era blanca con una raya azul en medio. Después salió la mía, roja con un lazo blanco en el pomo. Fue algo que me enseñó mi madre cuando era pequeña y me iba de excursión. “Si no la encuentras o alguien lleva la misma que tú, raro será que también lleve un lazo como el tuyo” eso decía ella siempre. Por último, Elena vio salir la suya al fondo, era de un tono azul metalizado, pero cuando fue a cogerla, alguien puso la mano justo al lado de la suya.


-       ¿Perdona? Ésta es mi maleta. – protestó Elena.
-       No, es la mia. – replicó un chico en un español casi perfecto.

Era guapo. Muy guapo. Era más alto que nosotras, el pelo castaño claro y un poco largo, la verdad, pero unos ojos verdes que invitaban a perderse en ellos. Elena se dio cuenta de ello y de su sonrisa. Llevaba aparato fijo en los dientes pero aun así era bonita.

-       Bueno, sólo podemos saberlo de una forma. Cuando salga la otra que es igual que esta, las abrimos y vemos cuál es la de cada uno. – resolvió Elena, que seguía aún sorprendida por el muchacho de ojos verdes.
-       Por cierto, que mal educado soy, no me he presentado, me llamo Paolo.
-       Mmm… italiano entonces, ¿no?
-       Sí – responde él con otra sonrisa.
-       Yo me llamo Elena y éstas son mis amigas: Bea y Rocío. Hemos venido a pasar un par de semanas aquí.
-       Yo vengo a casa de mis tíos, viven en el centro. Si queréis, como viene mi tía a buscarme puedo pedirle que os acerque hasta el hotel y, si no conocéis la ciudad, yo puedo enseñárosla.
-       Es una proposición muy tentadora, gracias, pero creo que preferimos coger un taxi, no queremos ser una molestia y ya tenemos servicio contratado desde el aeropuerto hasta el hotel.

Justo en ese momento salió la maleta que faltaba. Es verdad, eran exactamente iguales, excepto por un pequeño detalle: la del muchacho llevaba su nombre escrito en la parte delantera como si lo hubiesen pintado a modo grafiti.

-       Bueno, creo que no cabe lugar a dudas de cuál es de cada uno, ¿no? – dijo Elena algo molesta y se dio la vuelta hacia nosotras como queriendo que nos diésemos prisa.
-       No te habrá molestado, ¿verdad? Simplemente no sabía cómo saludarte y me pareció una bonita forma.
-       Pues quizá sí me ha molestado. Adiós.
-       Pero, ¿podré volver a verte? – dijo el chico, clavando sus deslumbrantes ojos en nuestra amiga.
-       Berlín es muy grande, no lo creo, pero si consigues hacerlo, dejaré que me enseñes la ciudad como decías hace unos minutos. Tienes mi palabra.

Acto seguido salimos del campo de visión de Paolo, pero las tres sabíamos que estábamos siendo observadas.

Tras unos minutos siguiendo carteles de “exit”, logramos salir del aeropuerto y llegar a la zona de recogida en taxi. Nos montamos en uno de ellos y le dijimos la dirección hacia el hotel. Elena se sentó delante, seguramente no querría hablar de ello pero no pudimos evitarlo.

-       La oferta de llevarnos hasta el hotel y enseñarnos la ciudad era muy tentadora, deberías admitirlo. –sugerí.
-       Pero, ¿os habéis vuelto locas? ¿Y si es un chiflado que lo único que quiere es saber dónde nos alojamos y acosarnos? ¿Y si es un asesino en serie o algo de eso? ¿Os habéis parado a pensarlo? – Elena ya estaba a la defensiva. Se lo esperaba.
-       Venga ya, un chico con esa sonrisa y esas ganas de hablar con alguien sólo puede significar que de verdad quería conocerte.
-       Pues si quiere conocerme, me encontrará y he dicho que si lo hace le dejo que me enseñe la ciudad, ¿no? Yo no falto a mi palabra.
-       Pero te gusta, ¿verdad? – intervino Bea con la duda que teníamos las dos.
-       Definitivamente os habéis vuelto locas.
-       Venga hombre, ¿has visto sus ojos? Si casi decían vente conmigo y te hago pasar las dos mejores semanas de tu vida.
-       Sí, eran bonitos. Muy bonitos… Pero eso no quiere decir nada.
-       Te has quedado muda cuando le has mirado antes de que dijeses lo de la maleta. Vamos, admítelo. A nosotras no puedes mentirnos. Te gusta.
-       Bueno, y si es así, ¿qué? No voy a volver a verle. Y fin de la conversación.

El resto del camino lo pasamos calladas, mirándonos las unas a las otras pero sin decir absolutamente nada. Nosotras sabíamos que Elena había tenido una muy buena primera toma de contacto con un chico muy guapo pero, en una cosa sí tenía razón: no sabíamos absolutamente nada de él. Las cosas muchas veces nos han llevado a darnos cuenta de que no puedes fiarte ni de tu propia sombra, por eso no insistimos más en ello y dejamos que nuestro taxi nos dejara en la puerta del hotel en el que pasaríamos las próximas dos semanas, tranquilas y sin percances, o eso creíamos.


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