Una vez aterrizadas en el aeropuerto
Tegel de Berlín.
-
Bueno
chicas, ya estamos aquí, por fin. –dijo Bea.
-
Sí
y, ¿sabéis de lo que me acabo de dar cuenta? – preguntó Elena.
-
¿De
qué?
-
Pues
de que vamos a tener que poner en práctica todo el inglés que aprendimos en la
carrera en dos semanas.
-
Uff…
pues no había caído en ello. Con lo mal que se me da, seguro que al final
acaban riéndose de mi. – dije.
Salíamos
ya de nuestro avión, por una pasarela que llevaba hacia tierra firme. Era
estrecha pero al menos inspiraba seguridad, y el aeropuerto no era tan grande
como para perderse. Ya aprendimos la lección en Madrid.
Tras
salir de la pasarela, era una ruta fácil. Sólo debíamos ir a recoger las
maletas a la cinta por la que se supone debían salir y luego dirigir nuestras
miradas hacia todos los carteles donde ponga “exit” y así llegar a pedir un
taxi.
Una
vez llegados a la cinta de las maletas, esperamos a que saliesen las nuestras.
Primero salió la de Bea, que era blanca con una raya azul en medio. Después
salió la mía, roja con un lazo blanco en el pomo. Fue algo que me enseñó mi
madre cuando era pequeña y me iba de excursión. “Si no la encuentras o alguien
lleva la misma que tú, raro será que también lleve un lazo como el tuyo” eso decía
ella siempre. Por último, Elena vio salir la suya al fondo, era de un tono azul metalizado,
pero cuando fue a cogerla, alguien puso la mano justo al lado de la suya.
-
¿Perdona?
Ésta es mi maleta. – protestó Elena.
-
No,
es la mia. – replicó un chico en un español casi perfecto.
Era
guapo. Muy guapo. Era más alto que nosotras, el pelo castaño claro y un poco
largo, la verdad, pero unos ojos verdes que invitaban a perderse en ellos.
Elena se dio cuenta de ello y de su sonrisa. Llevaba aparato fijo en los
dientes pero aun así era bonita.
-
Bueno,
sólo podemos saberlo de una forma. Cuando salga la otra que es igual que esta,
las abrimos y vemos cuál es la de cada uno. – resolvió Elena, que seguía aún
sorprendida por el muchacho de ojos verdes.
-
Por
cierto, que mal educado soy, no me he presentado, me llamo Paolo.
-
Mmm…
italiano entonces, ¿no?
-
Sí
– responde él con otra sonrisa.
-
Yo
me llamo Elena y éstas son mis amigas: Bea y Rocío. Hemos venido a pasar un par
de semanas aquí.
-
Yo
vengo a casa de mis tíos, viven en el centro. Si queréis, como viene mi tía a
buscarme puedo pedirle que os acerque hasta el hotel y, si no conocéis la
ciudad, yo puedo enseñárosla.
-
Es
una proposición muy tentadora, gracias, pero creo que preferimos coger un taxi,
no queremos ser una molestia y ya tenemos servicio contratado desde el
aeropuerto hasta el hotel.
Justo
en ese momento salió la maleta que faltaba. Es verdad, eran exactamente
iguales, excepto por un pequeño detalle: la del muchacho llevaba su nombre
escrito en la parte delantera como si lo hubiesen pintado a modo grafiti.
-
Bueno,
creo que no cabe lugar a dudas de cuál es de cada uno, ¿no? – dijo Elena algo
molesta y se dio la vuelta hacia nosotras como queriendo que nos diésemos
prisa.
-
No
te habrá molestado, ¿verdad? Simplemente no sabía cómo saludarte y me pareció
una bonita forma.
-
Pues
quizá sí me ha molestado. Adiós.
-
Pero,
¿podré volver a verte? – dijo el chico, clavando sus deslumbrantes ojos en
nuestra amiga.
-
Berlín
es muy grande, no lo creo, pero si consigues hacerlo, dejaré que me enseñes la
ciudad como decías hace unos minutos. Tienes mi palabra.
Acto
seguido salimos del campo de visión de Paolo, pero las tres sabíamos que
estábamos siendo observadas.
Tras
unos minutos siguiendo carteles de “exit”, logramos salir del aeropuerto y
llegar a la zona de recogida en taxi. Nos montamos en uno de ellos y le dijimos
la dirección hacia el hotel. Elena se sentó delante, seguramente no querría
hablar de ello pero no pudimos evitarlo.
-
La
oferta de llevarnos hasta el hotel y enseñarnos la ciudad era muy tentadora,
deberías admitirlo. –sugerí.
-
Pero,
¿os habéis vuelto locas? ¿Y si es un chiflado que lo único que quiere es saber
dónde nos alojamos y acosarnos? ¿Y si es un asesino en serie o algo de eso? ¿Os
habéis parado a pensarlo? – Elena ya estaba a la defensiva. Se lo esperaba.
-
Venga
ya, un chico con esa sonrisa y esas ganas de hablar con alguien sólo puede
significar que de verdad quería conocerte.
-
Pues
si quiere conocerme, me encontrará y he dicho que si lo hace le dejo que me
enseñe la ciudad, ¿no? Yo no falto a mi palabra.
-
Pero
te gusta, ¿verdad? – intervino Bea con la duda que teníamos las dos.
-
Definitivamente
os habéis vuelto locas.
-
Venga
hombre, ¿has visto sus ojos? Si casi decían vente conmigo y te hago pasar las
dos mejores semanas de tu vida.
-
Sí,
eran bonitos. Muy bonitos… Pero eso no quiere decir nada.
-
Te
has quedado muda cuando le has mirado antes de que dijeses lo de la maleta.
Vamos, admítelo. A nosotras no puedes mentirnos. Te gusta.
-
Bueno,
y si es así, ¿qué? No voy a volver a verle. Y fin de la conversación.
El
resto del camino lo pasamos calladas, mirándonos las unas a las otras pero sin
decir absolutamente nada. Nosotras sabíamos que Elena había tenido una muy
buena primera toma de contacto con un chico muy guapo pero, en una cosa sí
tenía razón: no sabíamos absolutamente nada de él. Las cosas muchas veces nos
han llevado a darnos cuenta de que no puedes fiarte ni de tu propia sombra, por
eso no insistimos más en ello y dejamos que nuestro taxi nos dejara en la
puerta del hotel en el que pasaríamos las próximas dos semanas, tranquilas y
sin percances, o eso creíamos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario