domingo, 23 de septiembre de 2012

Capítulo 16




              Recepción del hotel.

            Miramos aquella entrada que se nos había hecho tan familiar en esas dos semanas. No parecía la misma. El día que llegamos, íbamos sin orientación alguna y hablando lo justo y necesario para que nos comprendiesen, pero ahora es como si algo de ese lugar nos lo llevásemos de vuelta, como si hubiésemos dejado también allí algo de nuestra esencia personal.

-       ¿A vosotras también os da la sensación de que nos falta algo? – pregunté sin demasiado entusiasmo.
-       Sí, pero creo que no es algo material – respondió Elena.

        Bea nos miró, como si quisiese decir algo pero las palabras no fluían por su boca. Nuestra amiga no estaba bien y era lógico después del numerito que había tenido que aguantar esa misma mañana. Sonó un claxon en la entrada.

-       Creo que es hora de irnos.

        Tras despedirnos de la recepcionista que estaba en ese momento, salimos y allí estaban, esperándonos en un coche porque nos llevarían al aeropuerto: Ben y Paolo.

            Era un día algo triste para todos y se podía palpar en el ambiente. Los chicos tampoco estaban demasiado habladores y no tenían esa mirada y esa sonrisa que les caracterizaba los días anteriores.

        Al llegar al aeropuerto, ellos se encargaron de la mayoría del peso de las maletas mientras nosotras buscábamos dónde coger el avión. No queríamos que nos pasase lo mismo que en el viaje de ida y acabar en Roma o en cualquier otro sitio.

            Bea se despidió de ellos y nos dijo a nosotras que iría por delante. “No seáis tontas – dijo – es vuestro último momento, aprovechadlo”. ¿Nos quedaba otro remedio a parte de hacerle caso? Creo que no, tenía toda la razón.

           Elena se despidió de Paolo entre besos y abrazos. Creo que es de las pocas veces que he visto a mi amiga en esa situación de no querer separarse de alguien pero se la notaba en la mirada que, si pudiese, se quedaría a su lado.

            Ben vino a hablar conmigo. La verdad, yo no quería hacerme ningún tipo de expectativa futura y luego decepcionarme así que me mantuve en la misma línea de la noche anterior. No podía prometerle nada ni darle más que una amistad distanciada por fronteras, pero él pensó que sí podía darle más.

-       Prométeme que vendrás a verme a Francia. Es un camino relativamente corto, puedes venir incluso en coche. Iré yo a verte a Madrid también pero París es increíble. Yo sería tu guía. Por favor. – pidió.
-       Bueno, intentaré ir por todos los medios. Siempre he querido visitar París así que será nuestro próximo destino. Te voy a echar de menos.
-       Y yo a ti, muchísimo.

            El abrazo que siguió a esa despedida fue quizá uno de los que más recordaré de toda mi vida. Fue emotivo, deseado y lleno de promesas futuras anhelantes de ser cumplidas.

          Tras dejarles ahí quietos y darnos la vuelta para dirigirnos hacia el avión ocurrió algo que jamás hubiera imaginado. Era Elena.

-       ¿Eso es una lágrima?
-       ¿Qué dices? Se me habrá metido una pestaña en el ojo – respondió, pero no me convenció.
-       Ya… Seguro. ¿Qué te ha dicho?
-       ¿Paolo?
-       ¿Quién sino?
-       Que no sabe cómo nos volverá a juntar el destino pero que si no lo hace, lo provocará él. Soy su excepción a la regla – dijo mientras forzaba una débil sonrisa.

           Nuestra chica sexy e imparable había encontrado a su chico, o eso parecía pero es todo demasiado complicado. Cuando al fin parece que estamos a un haz de luz de hallar la felicidad, algo ocurre y nos lo arrebata. Siempre es así o casi.

           Nos subimos al avión, rumbo a casa de nuevo y no pudimos evitar mirar por la ventanilla y recordar cada uno de los momentos pasados en ese lugar, tanto buenos como malos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario