Recepción del hotel.
Miramos
aquella entrada que se nos había hecho tan familiar en esas dos semanas. No
parecía la misma. El día que llegamos, íbamos sin orientación alguna y hablando
lo justo y necesario para que nos comprendiesen, pero ahora es como si algo de
ese lugar nos lo llevásemos de vuelta, como si hubiésemos dejado también allí
algo de nuestra esencia personal.
-
¿A
vosotras también os da la sensación de que nos falta algo? – pregunté sin
demasiado entusiasmo.
-
Sí,
pero creo que no es algo material – respondió Elena.
Bea nos miró,
como si quisiese decir algo pero las palabras no fluían por su boca. Nuestra
amiga no estaba bien y era lógico después del numerito que había tenido que
aguantar esa misma mañana. Sonó un claxon en la entrada.
-
Creo
que es hora de irnos.
Tras
despedirnos de la recepcionista que estaba en ese momento, salimos y allí
estaban, esperándonos en un coche porque nos llevarían al aeropuerto: Ben y
Paolo.
Era un día algo
triste para todos y se podía palpar en el ambiente. Los chicos tampoco estaban
demasiado habladores y no tenían esa mirada y esa sonrisa que les caracterizaba
los días anteriores.
Al llegar al
aeropuerto, ellos se encargaron de la mayoría del peso de las maletas mientras
nosotras buscábamos dónde coger el avión. No queríamos que nos pasase lo mismo
que en el viaje de ida y acabar en Roma o en cualquier otro sitio.
Bea se
despidió de ellos y nos dijo a nosotras que iría por delante. “No seáis tontas
– dijo – es vuestro último momento, aprovechadlo”. ¿Nos quedaba otro remedio a
parte de hacerle caso? Creo que no, tenía toda la razón.
Elena se
despidió de Paolo entre besos y abrazos. Creo que es de las pocas veces que he
visto a mi amiga en esa situación de no querer separarse de alguien pero se la
notaba en la mirada que, si pudiese, se quedaría a su lado.
Ben vino a
hablar conmigo. La verdad, yo no quería hacerme ningún tipo de expectativa
futura y luego decepcionarme así que me mantuve en la misma línea de la noche
anterior. No podía prometerle nada ni darle más que una amistad distanciada por
fronteras, pero él pensó que sí podía darle más.
-
Prométeme
que vendrás a verme a Francia. Es un camino relativamente corto, puedes venir
incluso en coche. Iré yo a verte a Madrid también pero París es increíble. Yo
sería tu guía. Por favor. – pidió.
-
Bueno,
intentaré ir por todos los medios. Siempre he querido visitar París así que
será nuestro próximo destino. Te voy a echar de menos.
-
Y
yo a ti, muchísimo.
El abrazo que
siguió a esa despedida fue quizá uno de los que más recordaré de toda mi vida. Fue
emotivo, deseado y lleno de promesas futuras anhelantes de ser cumplidas.
Tras dejarles
ahí quietos y darnos la vuelta para dirigirnos hacia el avión ocurrió algo que
jamás hubiera imaginado. Era Elena.
-
¿Eso
es una lágrima?
-
¿Qué
dices? Se me habrá metido una pestaña en el ojo – respondió, pero no me
convenció.
-
Ya…
Seguro. ¿Qué te ha dicho?
-
¿Paolo?
-
¿Quién
sino?
-
Que
no sabe cómo nos volverá a juntar el destino pero que si no lo hace, lo
provocará él. Soy su excepción a la regla – dijo mientras forzaba una débil sonrisa.
Nuestra chica
sexy e imparable había encontrado a su chico, o eso parecía pero es todo demasiado
complicado. Cuando al fin parece que estamos a un haz de luz de hallar la
felicidad, algo ocurre y nos lo arrebata. Siempre es así o casi.
Nos subimos
al avión, rumbo a casa de nuevo y no pudimos evitar mirar por la ventanilla y
recordar cada uno de los momentos pasados en ese lugar, tanto buenos como malos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario