sábado, 1 de septiembre de 2012

Capítulo 11




               Entrada del hotel.

        Se estaba haciendo tarde. Por suerte, ya estábamos llegando al hotel. Elena iba hablando sobre su cita con Paolo, no tenía ni idea de dónde la iba a llevar ni nada y no le gustaba demasiado esa situación, pero parece que se iba adaptando a ella. Creo que empezó a pensar que el destino verdaderamente guía sus pasos y da igual lo que planee hacer, si luego no está de su lado no pasará.

              Bea y yo, mientras, estábamos visualizando una noche las dos solas viendo un par de películas que, aún no sabíamos dónde, alquilaríamos para pasar el rato.

          Ella seguía todavía dándole vueltas al tema de Herman, no recordaba demasiadas cosas y él no había llamado en todo el día ni dado señales de vida. No entendía qué podía haber ocurrido. A lo mejor metió la pata.

         Cuando llegamos al hotel, normalmente saludamos a la chica de recepción y nos dirigimos al ascensor, pero esa tarde no era para nada normal.

-       Perdonen, ¿son de la habitación 515?
-       Sí, ¿hay algún problema? – casi nos asustamos con esa pregunta tan extraña.
-       No, sólo que como no se encontraban en su habitación, un hombre vino a dejar esto para ustedes – y en ese momento sacó una rosa roja, con las espinas cuidadosamente podadas, y un sobre blanco.
-       Será para ella – dijimos mientras señalábamos a Elena –. Que detallista. Primero te llama y luego te trae una rosa.
-       Pero, es imposible – dice Elena cogiendo la rosa y el sobre que le daba la recepcionista – no le dije dónde me alojaba hasta esta tarde, para que pueda venir a buscarme, pero aun así la habitación no la sabe.
-       Pues no sé, será muy listo el chico o se habrá camelado a la recepcionista para que se lo diga – dije en voz muy baja mientras íbamos al ascensor.

            Entonces Elena, una vez dentro del aparato, decidió leer la misteriosa carta y, sin saber por qué, comenzó a reírse sin poder parar. Cuando lo consiguió, dijo algo que no esperábamos para nada.

-       La carta no es para mí, es para Roc –dijo sonriente mientras mi cara reflejaba una clara perplejidad – tanto la carta como la rosa llevan el nombre de un tal Ben.

          No me lo podía creer. Entonces quería volver a verme. Pensaba que mis palabras habían quedado en el olvido de esa noche. Comencé a leer yo también y me puse un poco triste.

-       Dice que vendrá a buscarme esta noche para cenar y pasar “la mejor velada alemana que pueda recordar en la vida, si está en mi mano demostrarlo” – recité directamente de la carta – chicas, no está de su mano, esta noche ya he hecho planes contigo, Bea.
-       ¡Anda! Serás tonta. A mi me vas a tener que ver la cara todos y cada uno de los días, tanto aquí como en España y el fin del mundo, si algún día decidimos ir. Mientras que ese mago no va a estar nada más que esta noche porque, no sé si se os ha olvidado que dentro de unas treinta horas estaremos cogiendo un avión de vuelta a casa.

           Es cierto, se nos había olvidado por completo que era nuestra última noche allí, y eso nos entristeció bastante.

-       Con más razón, no te voy a dejar nuestra última noche aquí, sola.
-       No te preocupes por mí, bajaré a ver si Herman ha acabado el turno cuando os vayáis y, de paso, le pregunto por todo lo que ocurrió y que seque de una vez esas lagunas que se han quedado en mi cabeza.
-       Bueno, no es mala idea, pero si necesitas cualquier cosa y quieres que volvamos, nos llamas a cualquiera de las dos, nos avisamos entre nosotras y venimos a por ti.
-       Vale, lo haré.
-       No, no me fio. – dijo Elena de repente – promételo.
-       Prometido, en serio.
-       Bien, mientras no sea como la promesa de que no ibais a interrumpirme, por mi vale – soltó en un tono muy sarcástico y una sonrisa angelical.

            En ese momento, atravesamos la puerta de la habitación y empezamos a no saber de verdad qué nos pondríamos de ropa. Era la última noche en ese país que nos ha dado tanto en sólo dos semanas. Teníamos que terminar bien y ahora sí que vaciamos el armario casi completo. Lo único bueno de eso es que así íbamos decidiendo lo que nos pondríamos al día siguiente para el viaje e íbamos haciendo la maleta de vuelta a casa. Ahorrar tiempo no sabíamos aún lo bien que nos iba a venir, porque esa noche todavía tenía mucho que desvelar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario