A la mañana siguiente. Habitación 515.
-
Pero,
¿¡se puede saber qué es todo ese jaleo!? ¿¡Quién llama a la puerta a estas
horas!? – guitó Elena recién despierta.
- I’m
Herman. ¡¡Open the door, Bea!!
Nos quedamos
todos atónitos y en silencio mientras escuchábamos esa frase, que provenía del
pasillo exterior. Ninguno sabía cómo reaccionar a este momento, era algo
completamente increíble. ¿Cómo es capaz de venir y dar la cara después del daño
que le hizo a nuestra amiga hacía sólo unas horas? Yo no quería estar presente
si Elena se le encontraba cara a cara con él porque con sólo mirarla, echaba
humo por las orejas.
-
No
te va a abrir, imbécil, así que lárgate de aquí o llamamos a seguridad – explotó
Elena ya de una vez.
-
Por
favor, sólo quiero pedirla perdón.
Se notaba
algo raro en su voz. ¿Lástima? No, no podía ser que, después de todo, esté él
apenado. Había aparecido, arrastrándose cual lagartija arrepentida y, entonces,
miramos a Bea, se estaba poniendo algo de ropa. ¿Pretendía salir? Es fuerte
pero no sabíamos si soportaría el golpe una vez más.
Ella abrió la
puerta de par en par, de forma que vio a las cuatro personas que estábamos
dentro y él preguntó por nosotras y, sobre todo, por los chicos. Utilizamos a
Ben y a Paolo de traductores, que se les daba bastante mejor, no se les
escapaba nada de lo que decían.
Él pedía perdón
por no haberle contado nada de su mujer
embarazada y por haberle dicho que la estaba utilizando. “En realidad no fue así”
decía, “empecé a sentir algo por ti, de verdad” mentía. Mientras Elena y yo nos
íbamos enardeciendo por cada palabra que decía el chico en todo momento, estábamos
deseando que llegase el momento de hablar de ella y que tenga las fuerzas
suficientes para hacer lo que debe. Que soltase toda la ira contenida.
En ese
instante, ocurrió. Bea le dijo que se callase, que no quería oír más mentiras y
que ahora la iba a escuchar a ella. “Me da exactamente igual lo que me cuentes,
me mentiste y me engañaste como quisiste, esa es la única verdad. Dentro de unas
horas me voy de este país y tú desaparecerás con él, de mi vida y para siempre,
incluso tu recuerdo se desvanecerá. Puedes quedarte con tu mujer y ver nacer a
tu hijo, yo no seré nunca más tu muñeca de trapo” y le cerró la puerta en las
narices.
Nosotras
pensamos que eran las palabras más sinceras y más acertadas que había podido
decir en la vida pero él no estaba de acuerdo y no parecía muy dispuesto a
colaborar.
Tras el
portazo, empezamos a oír insultos desde la parte de fuera y volvió a aporrear
la puerta de todas las maneras posibles. Seguía dando gritos. ¿Es que nadie lo
oye? ¿Nadie va a llamar a seguridad? Así que alcancé el teléfono y marqué yo
misma el número de recepción.
Se calmó un
poco con los golpes aunque seguía fuera, podíamos oír que hablaba y decía
palabras que no entendíamos. Sería alemán.
Bea estaba
hecha un ovillo, como la noche anterior, en medio de su cama y nosotros a su
alrededor. No podía derrumbarse otra vez, eso ya no se lo permitiría ni por él
ni por nadie. Una vez ya era demasiado, dos era imposible.
En ese
momento, cuando creíamos que la tormenta había pasado, golpeó la puerta con
tanta fuerza que oímos crujir la madera bajo sus nudillos. Había roto la
puerta, eso seguro, aunque por dentro no pudiésemos ver nada. Por suerte,
subieron los de seguridad y se llevaron a Herman lejos de allí.
Ese episodio
me hizo trasladarme a otro lugar, otra habitación y otro golpe muy parecido,
pero allí no había seguridad del hotel que se encargara de ello.

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