sábado, 1 de septiembre de 2012

Capítulo 10



A la mañana siguiente…

-       Anoche cuando llegamos estabas dormida como un bebé en tu cama. No quisimos despertarte pero nos moríamos de ganas de saber por qué habías desaparecido y qué habías hecho –dije, un poco molesta.
-       A mi también me gustaría saberlo –respondió Bea.
-       ¿Cómo? Creo que no te estamos entendiendo.
-       Es bastante sencillo. Sólo recuerdo haber llegado a la habitación del hotel con Herman y a raíz de ahí tengo el resto de noche bastante borrosa.
-       Menuda borrachilla estás hecha – se reía Elena pero, al parecer, a Bea no le hacía tanta gracia.
-       No bebí tanto así que no sé qué pudo pasar. Luego bajaré a verle y que me lo cuente pero antes tendré que saber cómo os fue a vosotras – sentenció mientras nos guiñaba un ojo.

     En ese momento, Elena y yo compartimos una mirada. Una fracción de segundo fue suficiente para recordar todo lo ocurrido la noche anterior. Cada una de nosotras sabía lo que le había pasado a la otra pero Bea estaba al margen de todo y cuando nos dimos cuenta, no pudimos parar de reír.

-       Pero, ¿se puede saber qué os pasa? ¿Qué ocurrió tan gracioso? – Bea estaba claro que no entendía nada.
-       ¿Empiezas tú y luego lo remato o al revés? – propuso Elena.
-       Como quieras, lo tuyo no es tan novedoso pero sí más impactante así que, creo que empezaré yo y le dejaremos con la intriga de tu historia.
-       Me da igual la que empiece pero hacedlo ya.
-       ¿Y si te lo contamos mientras vamos de compras al centro? Aún no hemos mirado los vestidos de graduación y nos queda muy poco tiempo aquí ya.
-       Me parece una idea estupenda, pero empieza desde ya.

        Entonces, mientras nos arreglábamos en la habitación y cambiábamos el pijama por algo más adecuado para salir a la calle, comencé a contarle mi historia a Bea, que casi ni parpadeó de principio a fin. Elena de vez en cuando tenía algo que añadir. Quise omitir cierto detalle que no tenía demasiada importancia pero en ese momento…

-       Y le dijo en qué hotel se alojaba y el número de la habitación, ¿tú lo ves normal? – interrumpió Elena escandalizada.
-       ¿Me lo dices en serio? ¿La desconfiada del grupo ha dado un voto de confianza? Increíble, sí que va a ser verdad que Berlín cambia a las personas – y se echaron a reír y, aunque al principio a mi no me hacía demasiada gracia, terminé contagiándome.

       Ya llevábamos un rato en el centro comercial. No sé por cuántas tiendas habíamos pasado ya pero nos habríamos probado unos treinta vestidos y la única que había encontrado el suyo había sido Elena. La verdad es que era precioso, pero ninguna de nosotras nos veíamos con él. Debíamos seguir buscando pero, al parecer, nuestros estómagos no estaban demasiado de acuerdo con ello.

-       Chicas, creo que empiezo a tener bastante hambre.
-       Sí, nosotras también lo creemos. Han tenido que oír nuestros rugidos hasta en el hotel casi – exageró Elena.

           Fue en ese instante cuando nos sentamos y, tras pedir una hamburguesa para cada una en el primer restaurante de comida rápida que vimos, Bea cayó en la cuenta de algo.

-       Oye, al final Elena se ha librado de contar su historia.
-       De eso nada, va a empezar ahora mismo, que, si la mía te ha dejado sin pestañear, ésta te va a dejar con la boca abierta de principio a fin.
-       Bueno, vale, la cuento pero con una condición: que no me interrumpáis ni un solo minuto. Incluida tú Roc, que ya te la sabes.
-       Vale, prometido. – respondimos al unísono con cara de angelitos y una sonrisilla que inspiraba inocencia.
-       Pues verás, estando allí con los amigos de Herman, nos levantamos a bailar los tres porque tú desapareciste y Roc dijo que no le apetecía nada. Ya me conocéis, estuve bailando a mi modo y sin contar con ninguno de ellos pero a la vez sin dejarles escapar. Eran todo canciones para mover bien el esqueleto. Había mucha gente, muchas manos y tampoco es que me fuese a fijar en quién había a mi alrededor y quién no, pero entonces alguien me cogió de la mano. Cuando vi esos ojos verdes me quería morir, no sabía qué hacía allí pero apareció…
-       Pero, ¿quién? – estalló Bea, que no podía más.
-       ¡Paolo! El italiano del aeropuerto. Pero no me interrumpas más, por favor – entonces Bea asintió y siguió con los ojos abiertos como si acabase de ver un fantasma. – Cuando le vi, casi no podía articular palabra pero es que además, me apartó de donde estaban los otros dos y empezó a sonar una canción súper tranquila. Empezamos a bailar juntos y le pregunté que cómo me había encontrado y entonces él me dijo algo sobre el destino o algo así…
-       No mientas. Igual que no me has dejado omitir a mi, yo no te voy a dejar a ti – dije – si no recuerdo mal fue algo así como “hay veces que dos personas están destinadas a unir sus caminos y no podemos hacer nada por evitarlo y, como habrás podido comprobar, los nuestros se han unido ya un par de veces.”
-       Sí, algo así – afirmó Elena bastante sonrojada – y acabo con algo parecido a “… Me dijiste que si te encontraba podría enseñarte Berlín, que me dabas tu palabra y yo, partiendo de mi modo de pensar, decidí no buscarte. Si Berlín quería que nos encontrásemos, lo haríamos.” Además, justo en ese momento, estábamos tan cerca que podía oler la colonia que llevaba. Me recogió el pelo con su mano, me acercó con la otra y me besó en el último minuto de la canción, antes de que empezasen con las de tipo comercial otra vez.
-       ¡Madre mía! Ese chico es increíble. Ya no sólo de físico, que es un chico de estos que no dejarías escapar, sino la manera de hablar y de pensar. Es alucinante. - comentó Bea bastante sorprendida.
-       Sí, además sé que es verdad que no me ha estado buscando, porque me presentó a un amigo suyo que ha pasado con él todo este tiempo y sólo le contó nuestro encuentro en el aeropuerto, y él me dijo a mi que en principio no iban a ir a ese local, que el otro estaba cerrado y fue un gran giro inesperado.
-       Y tan inesperado, como que me va a costar recuperarme del “shock”. A ver si lo he entendido todo bien. Primero, nuestra pequeña desconfiada le dice hotel y habitación exactos donde encontrarnos a un completo extraño que resulta ser un mago muy conocido. Y para rematar, nuestra chica sexy se encuentra con el cañón que conoció en el aeropuerto, por arte del destino y, si no me ha parecido ver mal, se ha puesto roja mientras contaba la historia. Eso sólo puede significar que ha calado hondo.
-       Tampoco exageres tanto. – se defiende Elena – sólo es un chico. No tiene nada de... especial…

           En ese momento, alguien llama al teléfono de nuestra amiga.

-       ¿Sí? Ah, hola Paolo. No, no estoy ocupada, estaba de compras con mis amigas, pero ya estamos terminando. Dime.

         Nuestra cara fue un poema al oír el nombre del interlocutor. Tampoco sabemos de qué nos sorprende, pero lo que sí llamó bastante la atención fue el comportamiento de nuestra amiga. Parecía nerviosa pero muy segura de sus palabras. Es una mezcla que no le pega pero nos resultaba muy gracioso verla sin saber cómo reaccionar y sonriendo por detrás del teléfono para que no la viésemos. Mientras, nosotras seguimos en la búsqueda del vestido perfecto. Parecía no acabarse nunca y aún nos quedaba tarde.

          En el tiempo en que Elena contaba todo lo ocurrido la noche anterior, seguimos mirando y probándonos vestidos. Bea también había encontrado una maravilla. Puesto en la percha no decía demasiado pero sobre ella, era un diamante en bruto. Estaba espectacular.

     Empezaba a desesperarme, no encontraba nada que me terminase de convencer. Buscaba ese vestido que te haga pensar “no hay nada mejor en el mundo”, el típico flechazo, pero con una prenda de ropa, y sólo quedaban veinte minutos antes de que cerrasen todas las tiendas.

       Me di por vencida. Prefería que nos fuésemos al hotel y mañana ya sería otro día. Además, Elena, en su conversación con el italiano, había quedado para esta noche y sino no le daría tiempo a nada.

     Entonces ocurrió. Una sensación. ¿Sabéis esas que te hacen mirar hacia un sitio determinado sin motivo aparente? Sólo tu interior te dice que merece la pena. Antes de llegar a la salida del centro comercial, había una pequeña boutique de ropa, que no tenía ni la cuarta parte de espacio que la mayoría de las tiendas que allí se encontraban pero, al contrario que pasaba con el espacio, allí sí lo encontré. El vestido perfecto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario