Ascensor del hotel.
-
Bueno
chicas, estáis preciosas. Seguro que lo pasaremos en grande aunque sea por
separado - comenzó Bea.
-
A
mí sigue sin parecerme buena idea que nos separemos – admití con voz triste.
-
Bueno,
ya tendremos más noches juntas. Ahora mejor un abrazo de tres – propuso Elena.
Mientras nos
abrazábamos dentro de ese espacio reducido en el que el primer día no entrábamos
todas con las maletas, nos dimos cuenta de que posiblemente eran los últimos
momentos que pasaríamos allí y juntas. No debíamos hacer un drama de todo esto,
pero después de dos semanas en esa ciudad, se nos hacía muy cuesta arriba
desprendernos de todo aquello. En ese momento se abrió la puerta y nos
dirigimos hacia recepción por el pasillo y vimos esas dos siluetas algo
familiares en la salida.
-
Bueno
chicas, pasadlo muy bien. Yo voy a ver si veo a Herman y también me entero de
todo y me despido de él.
Tras decir
eso, Bea nos abrazó a las dos y se fue por la puerta que llevaba directa a las
piscinas. Nosotras, por el contrario, permanecimos unidas hasta llegar a la
puerta. Fue en ese momento cuando había que decidir y hablar ciertos asuntos. Mientras
Elena abrazaba y besaba a Paolo tímidamente por estar nosotros delante, yo tenía
algo que hablar con Ben.
-
¿Cómo
se te ocurrió traerme al hotel una rosa e invitarme a cenar? Pensaba que no
querrías verme después de lo pesada que fui con los matones de tu puerta.
-
Y,
¿cómo no iba a querer verte? Lo de los matones fue lo de menos, lo mejor fue
tomar algo después. Me quedé con ganas de más.
-
Bueno,
parejita, ¿y si dejáis de hablar ya? Se nos ha ocurrido a Paolo y a mí que podríamos
ir los cuatro juntos a cenar. Conoce un restaurante muy bonito aquí cerca -
interrumpió Elena.
-
No
somos pareja, pero me parece bien, ¿y a ti? – pregunté mirando a Ben.
-
Como
tú quieras. Hoy eres tú quien hace magia –respondió él.
En ese
momento, no pude contener una sonrisa y nos fuimos los dos. Le había visto
mirarme varias veces. Seguramente le habría llamado la atención que me hubiese
hecho el recogido del pelo con la flor que él mismo me había regalado esa
tarde. La verdad es que quería llevarla pero la idea fue de mis amigas. Ellas
siempre tienen una solución práctica y sencilla para darme cuando hay un bache
en el camino, da igual si es algo pequeño o inmenso de resolver, siempre han
estado ahí.
Tras caminar
largo rato bajo la noche estrellada de Berlín, llegamos a un local decorado con
flores y paredes de bambú artificial. Parecía un restaurante hawaiano bastante
grande y en la entrada nos recibían dos mujeres ataviadas con una falda de
flores, un bikini muy colorido, un collar del mismo estilo de la falda y una
sonrisa radiante. Una de ellas nos ponía a cada uno un collar como el que
llevaban, mientras que la otra nos buscaba una mesa para cuatro.
Cuando
entramos, nos quedamos impresionadas con el aspecto tan peculiar de ese local. Las
mesas eran de madera, y con una vela en el centro, pero las sillas parecían de
lo más cómodas y había un escenario decorado con plantas y flores al fondo de
la terraza. El suelo era de césped artificial y las antorchas de bambú le daban
un toque bastante alegre al lugar.
Nos sentamos
en una mesa al fondo, cerca del escenario y nos trajeron la carta. Entre todos íbamos
comentando el sitio tan espectacularmente decorado en el que nos encontrábamos.
La verdad es que estaba muy logrado y los nombres de la carta eran de lo más exóticos
pero, por suerte, había una explicación debajo de cada uno de ellos.
Una vez
pedimos nuestra cena, comenzó a sonar una banda al lado del escenario y a
alguien se le ocurrió una brillante idea. Se levantó de su silla, se acercó a
la persona elegida y le tendió la mano.
-
Señorita,
¿me acompañaría en un baile bajo esta noche estrellada? – me preguntó Ben.
-
Por
supuesto – respondí mientras me levantaba también.
Parecía un
sueño. La noche, las estrellas, el lugar, él. Me cogió por la cintura con una
mano y con la otra, la mía y comenzamos a bailar al son de esa música.
-
Rocío,
tú eres la magia que me faltaba de verdad. Anoche cuando te vi, supe que no podía
dejarte escapar sin saber algo de ti, sin pasar algo especial. Eres increíble.
Nadie habría venido a mis dos guardias a intentar devolverme una carta. Pero a
nadie se le había caído una sota de corazones. A lo mejor el tal Paolo tiene
razón y todo ocurre por algún motivo.
-
Habéis
hablado mucho, por lo que veo.
-
Sí,
pero me ha hecho darme cuenta de que en realidad lo que vale es el momento que
se vive. Los instantes son los que marcan de verdad. No te sirve de nada
planear algo si no vas a poder cumplirlo por algún otro asunto.
Y tras
mencionar esas últimas palabras, me besó.
-
Esto
no puede ser. Me vuelvo mañana a España. No me gusta la distancia en ningún
tipo de relación.
-
No
tenemos por qué ser nada si tú no quieres, seremos sólo amigos.
-
Ya,
pero…
-
Chicos,
siento interrumpir. Roc, me acaba de llamar Bea, estaba llorando y decía que
sentía mucho llamarnos pero que cuando terminemos de cenar, nos necesita.
-
Vámonos
ya mismo. Pide las cosas para llevar y cenamos todos juntos en la habitación. Y
en cuanto a ti, ya hablaremos en otro momento – le susurré dulcemente al oído a
Ben.
Después de
esa maravilla que se desvanecía tan fugazmente como llegó, teníamos que
enfrentarnos a la realidad y ayudar a una amiga que, aún no sabíamos nada de lo
que le había podido ocurrir pero no parecía nada bueno.

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