martes, 4 de septiembre de 2012

Capítulo 12




Ascensor del hotel.

-       Bueno chicas, estáis preciosas. Seguro que lo pasaremos en grande aunque sea por separado  - comenzó Bea.
-       A mí sigue sin parecerme buena idea que nos separemos – admití con voz triste.
-       Bueno, ya tendremos más noches juntas. Ahora mejor un abrazo de tres – propuso Elena.

        Mientras nos abrazábamos dentro de ese espacio reducido en el que el primer día no entrábamos todas con las maletas, nos dimos cuenta de que posiblemente eran los últimos momentos que pasaríamos allí y juntas. No debíamos hacer un drama de todo esto, pero después de dos semanas en esa ciudad, se nos hacía muy cuesta arriba desprendernos de todo aquello. En ese momento se abrió la puerta y nos dirigimos hacia recepción por el pasillo y vimos esas dos siluetas algo familiares en la salida.

-       Bueno chicas, pasadlo muy bien. Yo voy a ver si veo a Herman y también me entero de todo y me despido de él.

          Tras decir eso, Bea nos abrazó a las dos y se fue por la puerta que llevaba directa a las piscinas. Nosotras, por el contrario, permanecimos unidas hasta llegar a la puerta. Fue en ese momento cuando había que decidir y hablar ciertos asuntos. Mientras Elena abrazaba y besaba a Paolo tímidamente por estar nosotros delante, yo tenía algo que hablar con Ben.

-       ¿Cómo se te ocurrió traerme al hotel una rosa e invitarme a cenar? Pensaba que no querrías verme después de lo pesada que fui con los matones de tu puerta.
-       Y, ¿cómo no iba a querer verte? Lo de los matones fue lo de menos, lo mejor fue tomar algo después. Me quedé con ganas de más.
-       Bueno, parejita, ¿y si dejáis de hablar ya? Se nos ha ocurrido a Paolo y a mí que podríamos ir los cuatro juntos a cenar. Conoce un restaurante muy bonito aquí cerca - interrumpió Elena.
-       No somos pareja, pero me parece bien, ¿y a ti? – pregunté mirando a Ben.
-       Como tú quieras. Hoy eres tú quien hace magia –respondió él.

       En ese momento, no pude contener una sonrisa y nos fuimos los dos. Le había visto mirarme varias veces. Seguramente le habría llamado la atención que me hubiese hecho el recogido del pelo con la flor que él mismo me había regalado esa tarde. La verdad es que quería llevarla pero la idea fue de mis amigas. Ellas siempre tienen una solución práctica y sencilla para darme cuando hay un bache en el camino, da igual si es algo pequeño o inmenso de resolver, siempre han estado ahí.

         Tras caminar largo rato bajo la noche estrellada de Berlín, llegamos a un local decorado con flores y paredes de bambú artificial. Parecía un restaurante hawaiano bastante grande y en la entrada nos recibían dos mujeres ataviadas con una falda de flores, un bikini muy colorido, un collar del mismo estilo de la falda y una sonrisa radiante. Una de ellas nos ponía a cada uno un collar como el que llevaban, mientras que la otra nos buscaba una mesa para cuatro.

        Cuando entramos, nos quedamos impresionadas con el aspecto tan peculiar de ese local. Las mesas eran de madera, y con una vela en el centro, pero las sillas parecían de lo más cómodas y había un escenario decorado con plantas y flores al fondo de la terraza. El suelo era de césped artificial y las antorchas de bambú le daban un toque bastante alegre al lugar.

        Nos sentamos en una mesa al fondo, cerca del escenario y nos trajeron la carta. Entre todos íbamos comentando el sitio tan espectacularmente decorado en el que nos encontrábamos. La verdad es que estaba muy logrado y los nombres de la carta eran de lo más exóticos pero, por suerte, había una explicación debajo de cada uno de ellos.

        Una vez pedimos nuestra cena, comenzó a sonar una banda al lado del escenario y a alguien se le ocurrió una brillante idea. Se levantó de su silla, se acercó a la persona elegida y le tendió la mano.

-       Señorita, ¿me acompañaría en un baile bajo esta noche estrellada? – me preguntó Ben.
-       Por supuesto – respondí mientras me levantaba también.

       Parecía un sueño. La noche, las estrellas, el lugar, él. Me cogió por la cintura con una mano y con la otra, la mía y comenzamos a bailar al son de esa música.

-       Rocío, tú eres la magia que me faltaba de verdad. Anoche cuando te vi, supe que no podía dejarte escapar sin saber algo de ti, sin pasar algo especial. Eres increíble. Nadie habría venido a mis dos guardias a intentar devolverme una carta. Pero a nadie se le había caído una sota de corazones. A lo mejor el tal Paolo tiene razón y todo ocurre por algún motivo.
-       Habéis hablado mucho, por lo que veo.
-       Sí, pero me ha hecho darme cuenta de que en realidad lo que vale es el momento que se vive. Los instantes son los que marcan de verdad. No te sirve de nada planear algo si no vas a poder cumplirlo por algún otro asunto.

          Y tras mencionar esas últimas palabras, me besó.

-       Esto no puede ser. Me vuelvo mañana a España. No me gusta la distancia en ningún tipo de relación.
-       No tenemos por qué ser nada si tú no quieres, seremos sólo amigos.
-       Ya, pero…
-       Chicos, siento interrumpir. Roc, me acaba de llamar Bea, estaba llorando y decía que sentía mucho llamarnos pero que cuando terminemos de cenar, nos necesita.
-       Vámonos ya mismo. Pide las cosas para llevar y cenamos todos juntos en la habitación. Y en cuanto a ti, ya hablaremos en otro momento – le susurré dulcemente al oído a Ben.

         Después de esa maravilla que se desvanecía tan fugazmente como llegó, teníamos que enfrentarnos a la realidad y ayudar a una amiga que, aún no sabíamos nada de lo que le había podido ocurrir pero no parecía nada bueno.

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